El caminante (fragmento)Hermann Hesse

El caminante (fragmento)

"Pasar por delante de esta hermosa casa inspira un ansia y una nostalgia, ansia de quietud, tranquilidad y burguesía, y nostalgia de buenas camas, un banco en el jardín y olores de una buena cocina, además de un estudio, tabaco y libros viejos. ¡Y cuánto desprecié y me burlé de la teología en mi juventud! Se trata, como ahora sé, de una erudición llena de gracia y encanto; no tiene nada que ver con tonterías como metros y quintales, ni con vilezas de la historia del mundo, como constantes tiroteos, insultos y traiciones, sino que se ocupa, fina y tiernamente, de cosas amadas, íntimas y santas, de la gracia y la redención, de ángeles y sacramentos.
Sería maravilloso para un hombre como yo ser párroco y vivir aquí. ¡Precisamente para un hombre como yo! ¿No sería el hombre adecuado para pasearme por aquí con una sotana negra, amar con ternura, pero sólo espiritualmente, los perales del jardín, consolar a los moribundos de la aldea, leer viejos libros latinos, dar órdenes suaves a la cocinera y el domingo, con un buen sermón en la cabeza, caminar a paso lento hacia la iglesia por el embaldosado de piedra?
Los días de mal tiempo calentarían mucho las estufas y me apoyaría en una de las chimeneas de azulejos verdes o azules, y de vez en cuando me detendría junto a la ventana y menearía la cabeza ante semejante tiempo.
En cambio, los días de sol estarían mucho en el jardín, podaría y ataría en los espaldares o me colocaría ante la ventana abierta y contemplaría cómo las montañas, después de ser grises y negras, vuelven a ser rosadas y luminosas. Ay, miraría con profunda comprensión a todos los caminantes que pasaran ante mi tranquila casa, les seguiría con pensamientos tiernos y bondadosos, y también con añoranza, pues ellos habrían elegido la mejor parte al ser reales y verdaderos huéspedes y peregrinos sobre la tierra, en lugar de representar el papel de amos y sedentarios, como yo.
Quizá yo sería un párroco semejante. Pero quizá fuese otro, uno que pasa las noches en su estudio con un generoso borgoña, peleando con mil demonios, o despertando sobresaltado por las pesadillas, acosado por el temor de cometer pecados secretos con sus penitentas. O mantendría cerrada la verja del jardín y dejaría que las campanas tocasen a misa, y sin preocuparme de mi oficio, mi aldea o el mundo, me tendería sobre el ancho canapé, fumaría y holgazanearía insensatamente. Demasiado perezoso para desnudarme por la noche, demasiado perezoso para levantarme por la mañana.
En resumen, en esta casa no sería ningún párroco, sino el mismo vagabundo voluble e inofensivo de ahora; jamás sería párroco, sino más bien un teólogo fantástico, ya sibarita, ya gandul y borracho, ya obsesionado por las muchachas jóvenes, ya poeta y actor, ya con el pobre corazón enfermo de dolor y miedo.
Por esto es igual que contemple la puerta verde y los árboles del espaldar, el bonito jardín y la hermosa rectoría desde dentro o desde fuera; es igual que sienta en la calle nostalgia por ser como el sereno sacerdote, o que experimente desde la ventana añoranza y envidia de la vida del caminante. Es completamente igual que sea párroco aquí o vagabundo en la calle. Todo es completamente igual, a excepción de una sola insignificancia que, no obstante, tengo muy arraigada en mí. Que en mí sienta palpitar la vida, ya sea en la lengua o en las plantas de los pies, ya sea en el bienestar o en el tormento; que mi alma tenga libertad de movimientos y pueda introducirse con cien juegos de la fantasía en otras tantas formas, en párrocos y caminantes, en cocineras y asesinos, en niños y animales, incluso en pájaros y también en árboles; esto es lo esencial, esto es lo que quiero y necesito de la vida, y si algún día no pudiera ser así y me fuera asignada una vida en la llamada «realidad», preferiría morirme. "



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