El General Ople y Lady Camper (fragmento)George Meredith

El General Ople y Lady Camper (fragmento)

"Por entonces todo el distrito sentía ya una simpatía ferviente hacia el general Ople. Las señoras, al contrario que sus señores, no se declaraban sorprendidas de que un hombre soportara a una mujer que lo había conducido a un estado de semilocura; pero una o dos confesaron a sus esposos que se necesitaba mucha admiración para no despreciar al general tanto por su vulnerabilidad como por su paciencia. Los hombres, por su parte, sabían que el general había plantado cara a las balas en pleno zafarrancho de combate; sabían que había soportado largas privaciones, no solo a causa del frío, sino también de la escasez de comida y bebida... un horror inimaginable para aquellos bravos frecuentadores de fiestas diarias; por eso no podían mirarle con desprecio, pero su falta de sentido común resultaba ofensiva y, más aún, su sometimiento al flagelo de una mujer. Ninguno de ellos se rebajaría a semejante cosa. ¿Habrían permitido que una mujer se diera cuenta de que podía atormentarlos? Se habrían reído de ella o la habrían llevado delante de un juez.
La mañana de un domingo de principios de verano, el general Ople se dirigía a los oficios sin la compañía de Elizabeth, que se hallaba indispuesta.
La iglesia era de las que se consideran de estilo antiguo, con unos bancos cuadrados y recogidos que permiten a los fieles abstraer la mente del sermón o pelear a sus anchas con los problemas que plantea el predicador, tal como solía hacer el general, que se sentía no poco orgulloso de su sincera atención para abordar aquellos intríngulis, dejando entrever una parte de su propia lucha.
Además, la iglesia representaba para él un santuario. Hasta allí no llegaba su enemiga. Era su único refugio, donde casi volvía a parecer un hombre feliz.
Acababa de ponerse y quitarse el sombrero, cosa que hacía habitualmente de pie, cuando ¡adivina quién se acerca a no más de dos metros: la mismísima lady Camper! Su banco estaba lleno de pobres que hacían intención de retirarse.
Con un ademán, la dama les indicó que se quedaran y luego, tranquilamente, tomó asiento entre ellos, frente al general que estaba al otro lado del pasillo.
Durante el sermón, se oyó una voz baja y, no obstante, distinguible con toda claridad del tono monocorde del predicador, que repetía las siguientes palabras:
—Quiero decir... digo... que no estoy seguro de sobrevivir.
Se escuchó también un murmullo considerable por aquella parte.
Cuando ya todos eran libres de marcharse, pero, según el rito habitual, nadie mostraba intención de salir el primero, lady Camper y un niño del hospicio tomaron la iniciativa. La dama, sin embargo, no pudo abandonar el banco porque se le atascó la puerta. Sonreía mientras su hermosa mano sacudía dos o tres veces la puerta para abrirla. El general Ople salió en su ayuda, empujó la puerta, saludó con respeto y no cabe duda de que se habría retirado si lady Camper, en reconocimiento de su cortesía, no le hubiera puesto en las manos su libro de rezos para que lo llevara detrás de ella. No había salida. El general retrocedió con una especie de bailecito escurridizo para recuperar su sombrero y siguió a su señoría.
Todos los presentes contemplaban encantados el espectáculo; el recorrido de lady Camper arrastrando a su víctima fue observado sin que ninguno de los bien trajeados miembros de la congregación hiciera un movimiento, hasta que pudo en ellos el deseo de ver el comportamiento de la dama con su presa una vez fuera del sagrado recinto.
Nadie habría imaginado semejante escena: lady Camper, dentro de su coche; el general Ople, sombrero en mano y sosteniendo el libro de rezos, subido a la escalerilla del carruaje, como tostándose en la rejilla de un horno, porque mientras tanto lady Camper había comenzado un rápido esbozo en su cuadernillo de dibujo. "



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