Crímenes imaginarios (fragmento)Patricia Highsmith

Crímenes imaginarios (fragmento)

"Al llegar el sábado, la policía ya había estado por segunda vez en casa de Sydney y también en casa de la señora Lilybanks, el mismo joven policía uniformado y un hombre de mayor edad vestido de paisano: el inspector Brockway de Ipswich. Era un hombre alto y severo, de unos cincuenta años, que hablaba en voz baja pero tosía ruidosamente cada dos por tres. Sydney ya había adivinado que Alicia también estaba interpretando su papel, con decisión además, en aquel drama ficticio en el que Sydney la había eliminado. Si podía evitarlo, Alicia no se pondría en contacto con él ni con ninguna otra persona.
Y el sábado Sydney presintió que el inspector Brockway sospechaba de él. Curiosamente, Sydney se sentía un poco culpable y nervioso. Sin embargo, también se sentía muy seguro de sí mismo, ya que no había liquidado a Alicia. A pesar de ello, se le cayó sin querer una taza en la cocina mientras se estaba preparando un poco de café (el inspector y el agente no habían aceptado una taza) y los dos policías le observaban desde el comedor. Sydney tartamudeaba. Primero dijo que había dejado a su mujer en el tren en Campsey Ash, luego, cuando el agente joven le corrigió basándose en su primera declaración, Sydney dijo que la había dejarlo en Ipswich.
—¿Vio a algún conocido en Ipswich aquel día? ¿Alguien en la estación? —preguntó el inspector.
—Por desgracia, no —había contestado rápidamente Sydney, viendo cómo el inspector captaba las palabras «por desgracia».
Era asombroso ver de qué modo tan natural surgía toda la culpabilidad imaginaria.
El inspector pidió que le enseñara la habitación de Alicia en el piso de arriba, lo cual significaba el dormitorio y el estudio de Alicia, y Sydney comentó que su esposa se había llevado la caja de pinturas, que era del tamaño de una maleta pequeña, pero no el caballete. El inspector abrió el primer cajón, que era el de Alicia, de la cómoda que había en el dormitorio, tal vez en busca de algo que ninguna mujer se hubiese dejado en casa, algo como el lápiz de labios o la polvera, pero el cajón contenía aún cuatro lápices de labios y dos polveras viejas, además de varios pañuelos y bufandas, tijeras para la manicura, un costurero pequeño y varios cinturones. El inspector Brockway preguntó qué clase de maleta se había llevado Alicia, y Sydney le contestó que se había llevado dos, una de color azul marino con cantoneras de cuero marrón y otra mayor, de cuero también marrón, provista de una correa. Se había llevado unos cuantos vestidos de invierno y un abrigo con cuello de piel. ¿Qué llevaba al irse? Sydney no se acordaba. Pero se había llevado su impermeable color canela sobre el brazo.
Luego, el inspector Brockway y el agente joven salieron por la puerta de atrás sin decir nada y Sydney los siguió, desconcertado, hasta que se le ocurrió que el inspector quería comprobar si en el patio posterior o en el jardín había señales de que alguien hubiera cavado un hoyo o algo parecido. Sydney sintió cierto interés ya que aquello le recordó a Christie, e hizo cuanto pudo por imaginarse que era realmente culpable de haber matado a su esposa y de haberla enterrado luego bajo un par de metros cuadrados de césped, que habría vuelto a colocar cuidadosamente en su lugar después de cortarlo en parcelitas de quince centímetros cuadrados; pero en realidad no fue capaz de imaginar gran cosa y, en cuanto a su comportamiento externo, supuso que un culpable habría hecho lo mismo que él: alzar los ojos hacia el cielo, contemplar los pájaros y dejar tranquilo a los policías. Huelga decir que un culpable habría permanecido atento a los posibles hallazgos de la policía y eso mismo hizo Sydney, echando de vez en cuando una mirada de reojo desde unos doce metros de distancia. El inspector también había echado un vistazo al garaje, observando que el suelo era de madera. A juicio de Sydney, la búsqueda no fue muy concienzuda. Un investigación como es debido habría significado gatear por todas partes, hurgando e incluso cavando en algunos puntos y levantando el suelo del garaje. Pero, a pesar de ello, el inspector seguía buscando un cadáver enterrado y el registro más atento podía llegar más tarde. Las dos o tres lluvias del último mes habrían borrado toda señal de tierra recién movida desde la desaparición de Alicia, y sin duda el inspector también pensaba en ello.
El adiós del inspector, cortés pero rígido, no incluyó ninguna palabra destinada a darle ánimos ni ninguna promesa de llamarle en cuanto averiguaran algo. "



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