El sitio de los sitios (fragmento)Juan Goytisolo

El sitio de los sitios (fragmento)

"Fue el principio del fin. Privados de su jefe, los purificadores no sabían qué hacer ni a qué santo encomendarse. La vecina designó al fin entre pucheros a nuevos culpables: jeringuillas, condones, seropositivos, promiscuos. El cerco era un castigo del cielo. La gente había perdido el camino recto, su amoralidad y desenfreno clamaban venganza: muchas parejas vivían en estado de pecado, sin pasar por la sacristía!; las muchachas se vestían y comportaban como remeras —rameras, le corrigió con suavidad nuestro protagonista—; los jóvenes consumían drogas y frecuentaban espectáculos pornográficos!; no se podía salir a la calle sin topar con procaces invertidos! Un acólito de la Misión Evangélica «Salut et Guérison» la sostuvo con energía: sí, la señora tiene razón! Lo que nos ocurre es obra de la cólera di vina, como el fuego que aniquiló a las ciudades nefandas! El individuo cayó de hinojos para implorar misericordia, imitado poco a poco por los inquilinos aglomerados en la devastada escalera. Haciendo un penoso esfuerzo, la vecina se había arrodillado también y recitaba el Pater Noster y el Credo. A causa de los vidrios esparcidos, algunas penitentes sangraban. Un cura, que venga un cura!, gritaba, presa de histeria, la esposa del abogado. Una anciana fue en busca de un relicario y un frasco de agua de Lourdes. El precio de las estampitas con oraciones e indulgencias subió en flecha. Los moradores del inmueble hacían cola en el piso del contrabandista que las vendía y se las arrancaban de las manos. Letanías, salmos y golpes de pecho duraron toda la noche.
El obús había agrietado igualmente la firmeza de algunas familias: la peluquera del segundo casada con un árabe lo cubría de insultos y le conminaba a abandonar el piso. Los hijos de un matrimonio mixto lloraban de desconsuelo: sus camaradas de escuela les negaban el saludo y los llamaban sidosos. Un aguacero, que se colaba por cristaleras y ventanas, obligó de amanecida a exaltados y penitentes a interrumpir las preces: sus hogares corrían el riesgo de inundarse.
Pronto se iban á cumplir los mil y un días del cerco y ninguna Sherezada contaría su historia. Nuestro personaje escribía la suya pero no acertaba a encontrarle un final. Llevaba varios días dándole vueltas al tema hasta que recibió un auxilio inesperado. Alguien había conseguido el último ejemplar de la' «Guía del Ocio» con una enumeración minuciosa del programa de los teatros, cines, salas de concierto, museos, exposiciones de artes plásticas, monumentos, paseos en golondrina por el Sena, restaurantes y cabarés famosos. Cada barrio merecía el honor de una rúbrica especial en la que figuraban señalados con uno, dos o tres asteriscos, en función de su interés e importancia, los lugares dignos de ser visitados así como una historia y descripción resumida de los mismos. La correspondiente al suyo, marcada con el cuadrito indicativo de que se desaconsejaba la visita, contrastaba con las restantes por su laconismo:
DISTRITO SITIADO. "



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