El hombre que compró un automóvil (fragmento)Wenceslao Fernández Florez

El hombre que compró un automóvil (fragmento)

"Y propuso que, para tranquilizar a las señoras, y ya que no teníamos otra cosa que hacer, cantásemos un corito. El mismo atacó las primeras notas de la conocida canción que dice:
Unha noite na eira do trigo…
El efecto fue casi instantáneo. Al poco tiempo, las mujeres unían sus voces a las nuestras en el lúgubre canto y lanzaban ayes desgarradores cuando la letra lo exigía. El esfuerzo coral y el sol que calcinaba nos hicieron sudar hasta lubricarnos de tal modo, que el hijo del cincuentón, cuyos huesos no habían perdido aún la elasticidad de la adolescencia, logró retirar su cráneo, y antes de llegar a Villalba todos pudimos ocupar nuestros puestos. Yo cedí la mitad del mío a la bella Margarita.
Lo que ocurrió después fue muy desagradable, porque revivió el ansia de quedarnos solos en el departamento. Este instinto, que se manifiesta siempre entre los viajeros ferroviarios, es irresistible, porque está arraigado en la humanidad desde que el hombre luchaba con los demás hombres para evitar que entrasen en su caverna. El único truco que da resultado algunas veces es el de la enfermedad contagiosa, y ésta es la causa de que todo el mundo apele a él. Así cuando yo estaba pensando qué repugnante mal me achacaría, la madre de Margarita comenzó a exponer sus temores de no ver nunca más a una hermana suya, a la que había abrazado estrechamente una hora antes, y que padecía de viruela negra. El Hércules —al que pareció dedicar especialmente la historia, porque era el que más estorbaba con su volumen ingente— afirmó que nada podía ya conmover a un hombre como él atacado de tuberculosis pulmonar. El caballero nervioso, oído esto, sonrió con amargura al asegurar que la lepra que le comía le obligaba a considerar como leves distracciones las demás dolencias. Intervino el militar, mintió a su vez el comerciante y, aunque todos dedujeron por la intención propia la que movía a los demás, quedó en nosotros después de aquella conversación, durante algún tiempo, esa inquietud que se sufre al evocar las posibles miserias del organismo.
Por mi parte, pronto me desprendí de tales preocupaciones, porque entablé una interesante charla con Margarita. Tuvo ella la amabilidad de confiarme su propósito de veranear en Mondoñedo y de explicármelo diciendo que ya estaba harta de San Efcastián. Yo correspondí a esta confianza proclamando que si me había decidido a pasar quince días en Nogueira era porque me fatigaba volver un año más a Ostende. A lo cual ella replicó que no le extrañaba, porque, después de haber acudido cuatro veranos seguidos a una playa de Norteamérica, le había acometido un spleen tan agudo, que su padre, para distraerla, la regalara un Rolls. Apenas oí esto le hablé del yate que me esperaba en Villagarcía, y los dos quedamos muy satisfechos de sabernos tan distinguidos y tan acaudalados.
Cinco minutos después estaba locamente enamorado de Margarita, como nos ocurre a todos los que hacemos un viaje de más de tres horas en un departamento donde va una mujer joven. Y como la madre nos observase con una impertinente curiosidad, le rogué, con un hábil pretexto, que se asomase a una ventanilla. Inmediatamente, según yo había calculado, esa terrible partícula de carbón que está delante de todas las ventanillas esperando que alguien aparezca, se le metió en un ojo, y la indiscreta señora tuvo bastante quehacer con dedicarse a incubarla con ayuda de un pañuelo, como hace todo el mundo. A las doce de la noche había conseguido que el ojo alcanzase el tamaño de un huevo y la arenilla el de un garbanzo.
Poco después de declararle mi pasión a Margarita se oscureció un poco el coche, Y fue porque un paño líquido de sangre caliente cubrió los cristales. La verdad es que nos alarmamos mucho; pero un comisionista que venía con nosotros, hombre acostumbrado a viajar, nos explicó que se trataba de un fenómeno naturalísimo, comprobable en el noventa y cinco por ciento de los casos. Por lo visto, sobre los techos de los vagones suelen viajar numerosos torerillos, limpiabotas y descuideros, que van siendo decapitados uno a uno, o todos de una vez, por el arco de los túneles. Cuando supimos que era un accidente habitual nos tranquilizamos.
Menos el cincuentón y su hijo, todos comimos en el departamento, lo que nos procuró una ocasión excelente de demostrar hasta dónde llegaba nuestra finura. Así, cuando el hombre de la maleta autoritaria me vio extraer de un paquetito una blanca y conmovedora pechuga de gallina, se apresuró a ofrecerme un bisté de caballo que llevaba, y aunque lo rehusé con el ahínco de la desesperación, él insistió diciendo que en estos trances debe dejarse a un lado todo egoísmo, tras de lo cual no dudé que aceptaría la pechuga, como se verificó tristemente. Luego vertimos el vino por los pantalones y el café por los chalecos, y la pérfida Margarita se limpió disimuladamente en mi chaqueta sus lindos dedos pringados del aceite que rezumaba un trozo de merluza. Sin embargo, estoy seguro de que entonces no le era indiferente. Pero una mujer lo sacrificará siempre todo a su toilette.
Cuando regresó el cincuentón se mostró más absorto y preocupado que antes. Salió de su ensimismamiento para provocar una discusión metapsíquica y declaró que a veces se sentía dispuesto a creer en la reencarnación. "



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