El Leonardo perdido (fragmento)J. G. Ballard

El Leonardo perdido (fragmento)

"Así empezó la búsqueda del Leonardo perdido. Volví a Londres a la mañana siguiente, pero Georg y yo nos hablábamos regularmente por teléfono. Al principio, como todos los que siguen una pista, nos limitamos a escuchar, a poner el oído en el suelo en espera de una rara pisada. En las galerías y salas de subasta aguardábamos la palabra indiscreta, la clave reveladora. Los negocios, por supuesto, estaban en alza, y los museos y coleccionistas privados con un Rubens o un Rafael de tercera categoría habían ascendido un peldaño. Con un poco de suerte, la renovada actividad del mercado podía traer a la superficie a algún cómplice lejano del ladrón, o un sustituto del Leonardo —tal vez un pastiche de la Mona Lisa de algún discípulo del Verrochio— sería arrojado como lastre por el ladrón y aparecería en un mercado lateral. Si en el mundo exterior la búsqueda del cuadro desaparecido se llevaba a cabo con tanto alboroto como al principio, en el círculo profesional todo era en cambio tranquilidad y expectativa.
Demasiada tranquilidad realmente. Lo lógico era que se hubiese materializado algo, que en los finos filtros de las galerías de arte y las salas de subasta hubiese aparecido alguna débil pista. Pero no se supo nada. Cuando la ola de actividad levantada por el Leonardo pasó y murió, y los negocios recuperaron su ritmo anterior, el cuadro no fue más que otro nombre en la lista de obras maestras perdidas.
Sólo Georg de Stael parecía capaz de conservar algún interés en la búsqueda. De cuando en cuando me llamaba por teléfono a Londres pidiéndome que le informase sobre un comprador anónimo de un Tiziano o un Rembrandt a fines del siglo XVIII, o sobre la historia de una copia deteriorada de algún discípulo de Rubens o Rafael. Parecían interesarle especialmente las obras que habían sido dañadas y restauradas luego, información que muchos dueños de cuadros, por supuesto, no desean compartir.
De modo que cuando vino a verme a Londres cuatro meses después de la desaparición del Leonardo, mi pregunta no fue sólo una broma:
—¿Y bien, Georg? ¿Ya sabes quién lo robó?
Georg abrió el amplio portafolio y me sonrió oscuramente.
—¿Te sorprendería que te contestase que sí? No lo sé realmente. Pero tengo una idea, una hipótesis podría decir. Pensé que te gustaría conocerla.
—Por supuesto, Georg. De modo que era eso en lo que andabas.
Georg levantó un índice delgado indicándome que callara. Bajo aquel barniz de fácil simpatía advertí una nueva seriedad, como un deseo de recortarle las puntas a la conversación.
—Ante todo, Charles, y antes que me eches de tu oficina, te adelanto que mi teoría es completamente fantástica e inaceptable, y sin embargo… —Georg se encogió de hombros—… parece ser la única posible. Para probarla necesito tu ayuda.
—Cuenta con ella. ¿Pero qué teoría es ésa? Me has intrigado.
Georg titubeó, como si no se decidiese a exponer su opinión, y luego empezó a vaciar el portafolio, sacando una serie de hojas sueltas de archivo que alineó sobre la mesa. Me pareció ver que en las hojas había reproducciones fotográficas de pinturas, señaladas en partes con círculos de tinta blanca. Algunas de las fotografías eran ampliaciones de detalles, el rostro alargado de un hombre de barba de chivo vestido con ropas medievales.
Georg dio vuelta seis de las fotografías mayores para que yo pudiera verlas.
—Los conoces por supuesto —dijo.
Asentí con un movimiento de cabeza. Excepto un cuadro, La Piedad de Rubens, en el Hermitage de Leningrado, en los últimos cinco años yo había visto los originales de todos ellos. Los demás eran la extraviada Crucifixión de Leonardo, las Crucifixiones del Veronés, Goya y Holbein, y un Poussin titulado Gólgota. Todos estaban en museos públicos —el Louvre, San Stefano de Venecia, el Prado, y el Ryks de Ámsterdam, y aparte del Poussin— todos eran conocidas y auténticas obras maestras, piezas mayores de importantes colecciones nacionales.
—Tranquiliza verlos de nuevo —dije—. Pienso que están en buenas manos. ¿O son las adquisiciones próximas del misterioso ladrón?
Georg meneó la cabeza.
—No, no creo que estos cuadros le interesen mucho. Aunque los vigila. —Otra vez noté en los modales de Georg un cambio notable, un humor reflexivo y privado—. ¿No adviertes nada más?
Yo comparé otra vez las fotografías.
—Son todas crucifixiones —dije en seguida—. Y auténticas, salvo quizás algunos detalles menores. Toda pintura de caballete. —Me encogí de hombros—. ¿Qué más?
—Todos en su momento fueron robados —dijo Georg, y se movió rápidamente de derecha a izquierda—. El Poussin, robado del Cháteau Loire en 1822; el Goya, del monasterio de Monte Cassino, en 1806, por Napoleón; el Veronés en 1891, del Museo del Prado; el Leonardo hace cuatro meses, como sabemos, y el Holbein en 1943, de la colección de Herman Goering. "



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