El quinto hijo (fragmento)Doris Lessing

El quinto hijo (fragmento)

"En septiembre del año en que cumplió once, Ben ya empezó a ir a la escuela secundaria. Era el año 1986.
Harriet se preparó para recibir la llamada telefónica del director. Pensaba que telefonearía hacia finales del primer trimestre. El nuevo centro había recibido un informe sobre Ben, de la directora que tan tenazmente se había negado a reconocer que hubiera en él algo fuera de lo común. «Ben Lovatt no tiene facilidad para el estudio, pero…» ¿Pero qué? «Se esfuerza.» ¿Eso lo explicaría? Pero hacía mucho que había dejado de entender lo que le enseñaban, apenas sabía leer y escribir más que su nombre. Seguía intentando adaptarse, imitar a los demás.
No hubo llamada telefónica, ni carta. Al parecer, Ben (al que examinaba todas las tardes cuando volvía de clase, en busca de señales de golpes) había ingresado en el mundo duro (y a veces brutal) de la escuela secundaría sin problema.
—¿Te gusta este colegio, Ben?
—Sí.
—¿Más que el otro?
—Sí.
Como es bien sabido, todos estos centros tienen una capa, como un sedimento, de alumnos ineducables, inasimilables, los casos perdidos, que van pasando de curso en curso, a la espera del día feliz en que puedan dejar el colegio. Y es muy frecuente que no vayan a clase, para alivio de sus profesores. Ben se convirtió en seguida en uno de éstos.
A las pocas semanas de empezar el curso, llevó a casa a un joven moreno, grande y tosco, todo bondad. Harriet pensó «John» Y después:
¡Tiene que ser hermano de John! No; era indudable que se había sentido atraído por aquel muchacho sobre todo por sus recuerdos de lo bien que lo había pasado con John. Pero se llamaba Derek, y tenía quince años, pronto dejaría el colegio. ¿Por qué aguantaba a Ben, que era varios años más pequeño que él? Harriet les observó mientras sacaban cosas de la nevera, se preparaban la merienda, se sentaban delante de la televisión, más hablando que viéndola. En realidad, Ben parecía mayor que Derek. Ambos la ignoraban. Igual que cuando Ben era la mascota, el cachorrillo de la pandilla de jóvenes, de la pandilla de John, parecía no tener ojos más que para John, ahora su atención se centraba exclusivamente en Derek. Y pronto lo haría en Billy, en Elvis y en Vic, que llegaban en grupo al salir del colegio y se sentaban por allí y se servían comida de la nevera.
¿Por qué les gustaba Ben a aquellos chicos mayores?
Harriet les observaba a veces desde las escaleras cuando bajaba al salón, un grupo de jóvenes grandes, o delgados, o rechonchos, morenos, rubios o pelirrojos (y Ben con ellos, regordete, fuerte, cargado de hombros, con aquel pelo amarillo de punta que le crecía de aquella forma peculiar y aquellos ojos vigilantes de criatura extraña) y pensaba: «¡Pero si en realidad no es más pequeño que ellos! Es más bajo, sí. Pero da la impresión de que les domina.» Cuando se sentaban en torno a la gran mesa familiar, hablando a su modo, a voces, chillando, haciendo bromas y chistes, todos miraban siempre a Ben. Aunque él hablaba poquísimo. Cuando decía algo, nunca era mucho más que «Sí» o «No». ¡Coge esto! ¡Agarra aquello! Dame (lo que fuera, un bocadillo, una botella de coca). Y siempre les miraba fijamente. Era el jefe de la pandilla; supiéranlo o no.
Ellos eran un grupo de adolescentes larguiruchos, pecosos, inseguros; él era un adulto joven. Tuvo que llegar al fin a esta conclusión, aunque durante un tiempo había creído que a aquellos pobres niños, que se mantenían unidos porque se les consideraba estúpidos, torpes, incapaces de alcanzar el nivel de sus coetáneos, les gustaba Ben porque era más torpe incluso y más incapaz de expresarse que ellos. ¡No! Descubrió que «la pandilla de Ben Lovatt» era la más envidiada del colegio y que había muchos chicos, no sólo los que hacían novillos y los que habían abandonado los estudios, que querían pertenecer a ella.
Harriet contemplaba a Ben y a sus seguidores y trataba de imaginarle entre un grupo de su propia especie, acuclillados a la entrada de una cueva en torno a la hoguera crepitante. ¿O en un poblado de chozas en la selva? No, la gente de Ben se hallaba en su medio bajo tierra, de eso estaba segura, en las profundidades de la tierra, en cavernas oscuras iluminadas con antorchas… era lo más probable. Seguramente aquellos ojos peculiares suyos estaban adaptados a condiciones de luz totalmente distintas.
Harriet se quedaba sentada a veces en la cocina, sola, mientras ellos estaban al otro lado del tabique divisorio, en el salón, viendo la tele. Podían pasarse horas allí repantigados, toda la tarde. Se hacían la merienda, atacaban la nevera, iban a comprar galletas o patatas fritas o pizzas. Parecía no importarles lo que veían; les gustaban los seriales de la tarde, no apagaban los programas infantiles; pero disfrutaban sobre todo con el menú sanguinario de la noche. Tiroteos y asesinatos y torturas y peleas: éste era su alimento. Ella les observaba mientras veían la televisión… aunque parecía más que participaran realmente en las historias de la pantalla. Se crispaban y se relajaban sin darse cuenta, su expresión pasaba de la mueca burlona a la triunfal o cruel; y soltaban gruñidos o suspiros o gritos de emoción: «¡Eso es, dale!» «¡Rájale!» «¡Mátale, liquídale!» Y los gritos de participación emocionada cuando las balas agujereaban un cuerpo, cuando saltaba la sangre, cuando la víctima torturada gritaba.
Por entonces, las noticias de robos, detenciones y asaltos llenaban los periódicos locales. A veces, la pandilla, y Ben con ellos, se pasaba un día entero, o dos o tres, sin ir por casa de los Lovatt. "



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