El convidado de las últimas fiestas (fragmento)Auguste Villiers de L´Isle

El convidado de las últimas fiestas (fragmento)

"El pesado landó del extranjero nos seguía. Antonie Chantilly (más conocida con el nombre de guerra, un poco travieso, de Isolda) había aceptado su misteriosa compañía.
Una vez instalados en el salón rojo, encargamos a Joseph que no dejase llegar hasta nosotros a ningún ser viviente, a excepción de las ostras, de él y de nuestro ilustre amigo el fantástico doctorcillo Florian Les Eglisottes, si por azar venía a tomarse su proverbial cangrejo.
Un tronco encendido se consumía en la chimenea. Alrededor nuestro se esparcían insípidos olores de vestidos, de flores de invierno. Los resplandores de los candelabros fulguraban en la consola sobre las cubas plateadas en que se helaba el triste vino de Aï. Las camelias, que se hinchaban en el extremo de sus tallos de alambre, desbordaban los centros de mesa.
Fuera llovía finamente, entre copos de nieve.
Era una noche glacial. Ruidos de coches, de gritos de máscaras, la salida de la Ópera. Eran las alucinaciones de Gavami, de Deveria, de Gustave Doré.
Para ahogar estos rumores las cortinas estaban cuidadosamente echadas cubriendo los balcones cerrados.
Los convidados eran, pues, el barón sajón Von H***, C*** y yo; después Annah Jackson, la Cenicienta y Antonie.
Durante la comida, que fue salpicada de locas y chispeantes frases, me dediqué a mi inocente manía de observar —y debo decir que me apercibí en seguida de que la persona que tenía situada frente a mí merecía en efecto, alguna atención.
¡No, no era un hombre cualquiera este convidado de paso!… Sus rasgos y sus apostura no carecía de esa distinción convenida que hace tolerar a las personas; su acento no era fastidioso como el de algunos extranjeros; tan sólo, realmente, su palidez tomaba por intervalos tonos singularmente mates y descoloridos; sus labios eran más delgados que un ligero trazo de fino pincel; las cejas estaban siempre un poco fruncidas, aún sobre sus sonrisas.
Habiendo observado estos extremos y algunos otros con la inconsciente atención de que algunos escritores se sirven para no engañarse, lamenté haberlo introducido tan a la ligera en nuestra compañía —y me prometí borrarlo al amanecer del grupo de amigos habituales—. Bien entendido que hablo aquí de C*** y de mí; porque el azar que nos había proporcionado esta noche a nuestras lindas huéspedas, debía llevárselas como visiones también al amanecer. El extranjero, aun con todas las prevenciones no tardó en cautivar nuestra atención por una singularidad especial. Su conversación, sin ser notable por el valor esencial de sus ideas, nos tenía en tensión por el subrayado muy vago que el sonido de su voz parecía deslizar intencionadamente.
Este detalle nos sorprendía tanto más cuanto que nos era imposible descubrir en lo que decía otro sentido que el de una frase mundana. Y dos o tres veces nos hizo estremecer a C*** y a mí por el modo con que estudiaba sus palabras y por la impresión de recuerdos imprecisos que nos dejaba.
De pronto, en medio de sus accesos de risa, debido a cierta salida de Clio la Cenicienta —¡y que era, desde luego, divertidísima!— tuve no sé qué idea oscura de haber visto ya a este gentilhombre en una circunstancia totalmente distinta de aquella de Wiesbaden.
En efecto; su cara era de unas líneas inolvidables, y el fulgor de sus ojos en el momento de entornar los párpados sugería como la idea de una luz interior. "



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