Dublineses (fragmento)James Joyce

Dublineses (fragmento)

"La señorita Mary Sinico dijo que su madre había adquirido últimamente la costumbre de salir por la noche para comprar bebidas alcohólicas. Según atestiguó, había intentado que su madre entrara en razón, aconsejándole que se inscribiera en la asociación antialcohólica. Llegó a su casa una hora después de que tuviera lugar el accidente.
El veredicto del jurado se plegó a la evidencia médica y exoneró a Lennon de toda responsabilidad.
El Forense Auxiliar dijo que se trataba de un caso muy doloroso, y expresó su condolencia al capitán Sinico y a su hija. Urgió a la compañía del ferrocarril a tomar fuertes medidas para evitar la posibilidad de accidentes similares en el futuro. No hubo a quien atribuir culpa alguna.
El señor Duffy levantó sus ojos del papel y su mirada se perdió por la ventana en el melancólico paisaje vespertino. El río discurría tranquilo junto a la desolada destilería y de vez en cuando brillaba una luz en alguna casa de la carretera a Lucan. ¡Vaya fin! Todo el relato de su muerte le resultaba repelente, y le repelía pensar que había llegado a hablar con ella de lo que tenía por más sagrado. Las frases gastadas, las inanes expresiones de condolencia, las cautas palabras con que el reportero conseguía ocultar los detalles de una muerte vulgar, le atacaban el estómago. Ella no se había limitado a degradarse; ella le había degradado. Vio el escuálido rastro de su vicio, miserable y hediondo. ¡Compañera de su alma! Pensó en los renqueantes desastres a los que había visto llevando latas y botellas para que las llenara el tabernero. ¡Vaya fin, Dios Santo! Carecía, evidentemente, de impulso vital, sin fuerza alguna de voluntad, una presa fácil del alcohol, uno de esos naufragios sobre los que se erige la civilización. ¡Cómo podía haber caído tan bajo! ¿Cómo podía haberse confundido tanto con ella? Recordó su arranque de aquella noche y lo interpretó de un modo más áspero. Y ya no tuvo dificultad en aprobar la decisión que entonces tomara.
Según se atenuaba la luz y su memoria comenzaba a vagar, pensó que su mano le tocaba. La conmoción que primero había atacado su estómago, atacaba ahora sus nervios. Se puso el chaquetón y el sombrero rápidamente y salió. El aire frío le recibió en el umbral, se deslizó por las mangas de su chaquetón. Cuando llegó a la taberna de Chapelizod, entró y pidió un ponche caliente.
El propietario le sirvió obsequiosamente, pero sin atreverse a hablar. En el local se encontraban cinco o seis obreros discutiendo el valor de una propiedad señorial en el condado Kildare[31]. Bebían de unos vasos enormes, fumaban y escupían frecuentemente al suelo, moviendo de vez en cuando el serrín con sus pesadas botas para tapar sus escupitajos. El señor Duffy se sentó en su taburete y les miró, sin verles ni escucharles. Los obreros se fueron al cabo de un rato, y él pidió otro ponche, en cuya contemplación se entretuvo largo tiempo. El local estaba muy tranquilo. El propietario, con los brazos extendidos sobre el mostrador, leía el Herald y bostezaba. A veces se oía el siseo de un tranvía en la calle solitaria.
Allí sentado, rememorando su vida con ella y evocando alternativamente las dos imágenes con que ahora la concebía, comprendió que estaba muerta, que había dejado de existir, que se había convertido en un recuerdo. Empezó a sentirse absolutamente mal. Se preguntó qué otra cosa podía haber hecho. Le hubiera sido imposible comportarse de un modo equívoco con ella; le hubiera sido imposible vivir con ella. Hizo lo que le pareció mejor. ¿Qué culpa tenía él? Ahora que ella había muerto, comprendió cuán solitaria debió de haber sido su vida, sentada sola una y otra noche en aquella habitación. Su propia vida sería también solitaria hasta que él muriera también, dejara de existir y se transformara en un recuerdo, si había quien le recordara.
Eran las nueve en punto cuando salió del local. La noche era oscura y tenebrosa. Entró en el parque por la primera puerta y caminó bajo los árboles desvaídos. Anduvo por los yermos caminos por los que había paseado cuatro años antes. Parecía que ella estuviera junto a él en la oscuridad. Hubo momentos en que le pareció que su voz llegaba a sus oídos, que su mano le tocaba. ¿Por qué había rehusado darle la vida que ella le pidió? ¿Por qué había rubricado su sentencia de muerte? Fue consciente de que su integridad moral se hacía pedazos.
Al llegar a lo alto de la colina se detuvo y miró al río que fluía hacia Dublín cuyas luces brillaban rojas y hospitalarias en el frío de la noche. Bajó la mirada por la ladera y, al pie de la colina, en la sombra que daba el muro del parque, vio yacer unas figuras humanas. Esos amores venales y furtivos le llenaron de desesperación. Sintió la rectitud de su vida como una corrosión, se dio cuenta de que había sido proscrito de la alegría de vivir. Un ser humano había parecido amarle, y él le había negado la vida y la felicidad, sentenciándola a la ignominia y a una muerte vergonzosa. Sabía que las figuras postradas al pie del muro le observaban y deseaban que se fuese. Nadie le quería; era un proscrito de la alegría de vivir. Volvió los ojos al río gris y centelleante que serpenteaba hacia Dublín. Más allá del río vio un tren de suministros serpenteando al salir de la estación de Kingsbridge, como un gusano de ígnea cabeza serpenteando obstinada y laboriosamente a través de la oscuridad. El tren se alejó lentamente de su vista, pero dejó en sus oídos el zumbido laborioso de la locomotora repitiendo las sílabas de su nombre: Emily. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com