El más hermoso hallazgo de Caín (fragmento), de Cuentos descortesesLéon Bloy

El más hermoso hallazgo de Caín (fragmento), de Cuentos descorteses

"Pero existía la leyenda instructiva de cierto carbuncloso de la calcografía a quien había, cierta vez, sumergido de la cabeza a los pies en una charca de barro, sin siquiera interrumpir su Lectura, y a quien luego puso a secar en equilibrio sobre la baranda de un balcón en el que el sol caía con rabia. Episodio que daba en qué pensar. Luego, a pesar de mi estupidez de entonces, lo grandioso de esa miseria obraba un poco sobre mí. Sentía, por lo menos, la presencia de un alma extraordinaria, y más tarde comprendí que era aquello precisamente lo que ponía en movimiento a las larvas de cucaracha que pululaban bajo nuestra piel cada vez que aparecía aquel insólito desventurado.
Sus harapos, lo aseguro, nada tenían de innoble. La pulcritud de su ropa ordinaria hecha jirones era, inclusive, un espectáculo curioso y conmovedor.
Tengo siempre ante los ojos cierto sombrero de elevada copa, adquirido Dios sabe en qué días lejanos y cuya ridiculez no podría ser superada sino por el inolvidable trabuco naranjero de Thorvaldsen, en aquel fresco escarnecido por los vientos, homenaje decrépito de la admiración de los daneses, sobre las paredes exteriores de su museo en Copenhague.
Vimos cómo ese sombrero, frecuentado por los meteoros, se transformaba con el curso de las estaciones y pasaba por todos los colores. El último estado fehaciente fue la espiral o caracol de Arquímedes, de circunvoluciones blanquecinas, que hacía aparecer a su propietario cubierto con un fragmento de columna retorcida extraída del derrumbe de alguna basílica portuguesa, fase decisiva a la que siguió, pocos meses más tarde, un hundimiento irremediable del que tres o cuatro granujas del taller fueron testigos absortos. Jamás podré expresar el cuidado con que acariciaba ese objeto indefinible.
Después de la catástrofe, anduvo por las calles con la cabeza descubierta.
No creo que nunca haya ido realmente descalzo, pero sus zapatos hubieran conseguido que se consideraran objetos mundanos las sandalias de los anacoretas más severos. Pido autorización para no insistir en este punto, que terminaría por ser tan extenso como El Paraíso perdido y que nos extenuaría tanto como los prefacios evangélicos del fin del mundo, si tuviera que detenerme en los detalles.
Serían necesarias hipérboles que ignoro para transmitir una noción sobre la apariencia de este aborigen de la desgracia, que a distancia de muchos años imagino otra vez pergeñado por la propia mano del Querubín de las Humillaciones. Y con esto ya tenemos bastante en cuanto a digresión, y vuelvo entonces a mi historia. "



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