Billy Bathgate (fragmento)E.L. Doctorow

Billy Bathgate (fragmento)

"¿Qué podía haber hecho Bo Weinberg? Yo había tenido poco contacto con él; era una especie de caballero andante al que rara vez se veía en la oficina de la calle 149, nunca en los coches y, desde luego, jamás en los camiones, pero que siempre parecía estar en el centro de la operación, como Dixie Davis el abogado o Abbadabba Berman, el genio de la contabilidad; a ese nivel de importancia. Tenía fama de ser quien hacía el trabajo diplomático para el señor Schultz, negociando con otras bandas y llevando a cabo los asesinatos que requerían los negocios. Era uno de los gigantes y tal vez, en cuanto a temible, sólo le aventajaba el propio Schultz. Ahora tenía al descubierto no sólo los pies, sino las piernas hasta la rodilla. Irving se enderezó y le ofreció su brazo, y Bo Weinberg lo tomó como una princesa en un baile y delicada, cautelosamente, metió un pie tras otro en el balde de lavar ropa que tenía enfrente y que estaba lleno de cemento húmedo. Naturalmente, apenas entré había visto cómo el cemento del balde reproducía en miniatura el mar exterior, siguiendo en un continuo vaivén el alzarse y caer del barco sobre las olas.
Yo era capaz de enfrentarme a acontecimientos inesperados, como el de ser bautizado por una tormenta, pero la verdad era que no estaba preparado para aquello, que me falló la confianza en mí mismo al verme como testigo del viaje que estaba a punto de emprender el hombre sentado ante mí mientras le vaciaban los pies en cemento. Me esforzaba por comprender los misterios de aquella noche y la desgraciada pérdida de una vida en flor por la que ahora —me parecía— tañían las boyas a las que había oído impartir con ruido metálico sus solitarias advertencias mientras salíamos a la mar. Pensé que mi calidad de testigo era mi prueba de fuego personal, mientras Bo Weinberg era invitado a sentarse en una silla de cocina que habían colocado a su espalda y después a presentar las manos. Se las ataron juntas por la muñeca con cuerda de tender, nueva y un tanto tiesa, que tenía todavía la forma del rollo en que había llegado de la ferretería, con los perfectos nudos de Irving entre ambas muñecas como si fuesen vértebras. Las manos juntas le fueron colocadas a Bo entre los muslos y atadas a ellos como en el juego de la cuna, arriba y abajo, arriba y abajo, y después todo ello amarrado con tres o cuatro gigantescas vueltas de cuerda a la silla de modo que no pudiese levantar las rodillas, y luego, la silla con otras dos vueltas al balde por las asas, y el nudo final alrededor de una pata de la silla cuando ya quedaba la cuerda justa para hacerlo. Seguramente Bo había visto más de una vez desplegar aquella habilidad de boy scout con algún otro, porque la contemplaba con una especie de admiración distraída, como si también ahora fuese otro el que estaba sentado encorvado en una silla, con los pies metidos en cemento que se iba endureciendo, en la camareta de un barco que navegaba sin luces frente a Coenties Slip, surcando el puerto de Nueva York camino del Atlántico.
La camareta tenía forma ovalada. La escotilla, rodeada por una barandilla, donde habían metido a la chica estaba en el centro de la parte posterior de la cubierta. Hacia la parte delantera había una escalerilla metálica sujeta con pernos que subía, a través de una escotilla, hasta la caseta del timón, donde supuse que estaría el capitán o lo que fuese atendiendo debidamente a sus asuntos. Yo no había estado nunca en nada más grande que un bote de remos, de modo que todo aquello era, al menos, una buena noticia, que algo como un barco pudiera tener tanto de verdadera construcción, plenamente de acuerdo con las leyes del mar, y que hubiese un medio de hacer tu tenue camino a través de ese mundo que reflejase tan claramente toda una larga historia del pensar. Porque las olas eran cada vez más altas y más largas, y había que procurarse un anclaje, el señor Schultz ocupando el banco lateral que había frente al mío e Irving agarrándose a la escalera que conducía a la caseta del timón como si fuera una barra del metro. Durante un rato hubo un silencio entre los ruidos del motor y las olas, solemne como el de quienes escuchan la música de un órgano. Bo Weinberg estaba volviendo a la vida y empezaba a mirar a su alrededor, a ver lo que podía divisar, quién estaba allí y qué se podía hacer. Yo recibí una mirada pasajera de sus ojos oscuros, un breve segmento de arco de su recorrido, lo que me alivió increíblemente, al no tener ninguna responsabilidad, ni querer tenerla, en aquellos mares jadeantes y tornadizos ni en la irrespirable naturaleza del agua, o en su frialdad, o en su buche oscuro y sin fondo. "



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