El jardín de los frailes (fragmento)Manuel Azaña

El jardín de los frailes (fragmento)

"Este maestro gélido gustaba de sacar al sol su pereza. En los días de primavera precoz que suele traer febrero, nos llevaba a pasar la hora de clase en el jardín de los frailes. Salíamos tras él de la Universidad como a hurtadillas, y por las galerías que cierran la Lonja del lado de los Alamillos, ganábamos la de Convalecientes y luego el jardín, íbamos desde la oquedad fría de nuestros corredores, desde la desnudez agria de las paredes blancas, desde los ruidos tristes del colegio, a batirnos en el aire azul de un ámbito vaporoso, sin límite, protegidos por el silencio fluido de uno de los lugares deleitables del mundo, donde reina el egoísmo certero de las lagartijas. Estos animalillos se dejaban difícilmente sorprender por nuestra saña. Despatarradas en la barbacana, sobre el voluptuoso lecho de líquenes viejos que vegetan en el granito, en sintiéndonos llegar se arrojaban de golpe en las madrigueras. Allí las íbamos a buscar hurgando en los intersticios de los sillares. Algunas nos dejaban entre los dedos su apéndice caudal; nuestra cultura era ya demasiado fuerte para creer que los quiebros y meneos de los rabillos cercenados fuesen -como nos enseñaron en la infancia- maldiciones. El hechizo del jardín a tales horas era un sosiego gozoso, una paz -paz sin melancolía ni barruntos, paz toda en sazón y fluente- que nos devolvía el alma a la externa quietud dominical, donde se mece en la holgura que dejan las normas cotidianas abolidas. El sol reverberaba en las pizarras, en los cristales, en el haz del estanque: el lienzo de granito entre las torres, hiriente e impasible y sin fondo por lo común, se arropaba en una atmósfera más densa, suave, donde temblaba la luz. Y en el aire cargado del efluvio de los bojes, había ya un esplendor, promesa del regocijo de la Pascua. ¡Qué bueno el sol, metiéndose por las ventanas en las celdas de los frailucos, llevándoles tanta alegría y esta paz! Uno asoma su bulto negro, está mirándonos muy quieto y de pronto ha desaparecido. Otro se ensaña en arrancar al violín vagidos discordes. Estarán todos en sus celdas, quien leyendo o meditando, quien paseándose arriba y abajo con el breviario registrado en la mano, farfullando el rezo. Y el padre Víctor en la sala prioral mostrará el caserío de Madrid a unos visitantes forasteros, con aquel catalejo puesto en un trípode. De pronto una campana voltea, voltea dentro del monasterio. Los frailes salen de sus celdas, siguen los claustros lóbregos, cruzan por el lucernario donde está una fuente que surte agua por cuatro caños en un pilón de granito, y entran en el refectorio, tan frío, hediente a condumios. Nuestras horas son otras. Nos quedamos en el jardín. Me gusta echarme en la barbacana, cara al cielo, con las manos bajo la nuca, inmóvil por no despeinarme a la huerta. El hortelano sorrapea el suelo, suelo blando, vahante; se oye el tintineo de la azada al chocar en las pedrezuelas. La galería y el árbol, la torre y la montaña periclitan; uno está como suspenso en el aire y le sale al encuentro la cigüeña, que se alza ensanchando sus giros y lleva en el pico broza para rehacer su casa en la chimenea y en la garra un palitroque. "


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