El certificado (fragmento)Isaac Bashevis Singer

El certificado (fragmento)

"Cogí la carta y la sostuve un momento en la mano. El sobre azul estaba arrugado y no había indicación del remitente. Pensé que me esperaba una decepción, aunque esa carta constituía mi única esperanza. Saqué del sobre una hoja de papel con membrete y leí:
Estimado amigo David: La posibilidad sobre la cual conversamos tú y yo en una oportunidad se ha materializado de pronto. Si todavía te interesa hacer ese peregrinaje a Jerusalén, podemos conseguirte un certificado. Pasa por nuestra oficina y discutiremos el asunto. Con mis mejores deseos, DOV KALMENSOHN No, la carta no me decepcionó. Por lo contrario, me infundió nuevas esperanzas. Recordaba a Dov Kalmensohn, funcionario de una organización juvenil sionista al que había conocido el verano anterior y que había intentado disuadirme de que viajase a Palestina. El encuentro se había producido en Swider, el mismo lugar donde conocí a Sonia.
Se trataba de un individuo menudo, muy bronceado por el sol, con una barbita negra y ojos oscuros de mirada intensa. Hacía gala de su destreza atlética practicando acrobacias bajo la cascada y enseñaba a nadar a las chicas en las aguas tranquilas del río Swider.
Kalmensohn había pasado varios años en una colonia de Palestina. En una ocasión mantuvimos una charla, él vestido con un bañador azul y yo con traje oscuro y corbata, porque me resultaba incómodo mostrarme sin ropa. Procuró convencerme de que emigrara a la tierra de Israel. «¿Qué tiene de bueno la diáspora?», me preguntó. Advirtió que yo hablaba el polaco con acento. Cuando le dije que no sabía trabajar la tierra, replicó: «¿Y quién entre los colonos sabía hacerlo al principio? Uno aprende. Por otra parte, necesitamos maestros en Palestina. Hasta los escritores son útiles». Estuve tentado de preguntarle por qué un ferviente propagandista de Israel como él se bañaba en el río Swider y no en el Jordán. Pareció adivinar mi intención y se justificó sin darme tiempo a formularla. Dijo que había razones personales que le impedían emigrar, dando a entender que en Polonia tenía una esposa que le causaba problemas.
En general, los funcionarios sionistas se habían mostrado muy poco interesados en mí. A veces me trataban con evidente menosprecio. Por eso no creí que Dov Kalmensohn fuera a conseguirme un certificado. Como pensaba trabajar en provincias dando clases y no tenía un domicilio permanente, le dije que si necesitaba comunicarse conmigo me escribiera a la dirección de Sonia. Estaba seguro de que olvidaría sus promesas, como me había ocurrido con los funcionarios de otras organizaciones, pero por lo visto no se había olvidado. "



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