Annual (fragmento)Eduardo Ortega y Gasset

Annual (fragmento)

"Sincrónicamente, con exactitud que obliga al elogio de los que han planeado y ejecutado esta operación, las fuerzas de Regulares, con su nuevo jefe, el teniente coronel Mola, avanzan por la orilla del mar directamente hacia las primeras casas de Nador. Desde sus ventanas les hacen un nutrido fogueo. Los veo echarse al suelo y disparar, levantarse luego y dar una velocísima carrera, avanzando, para repetir la misma estrategia. Veo caer a uno, que es inmediatamente retirado por los camilleros. Todos los detalles dan ahora la sensación de que marchan organizadamente.
Ya llegan a la primera casa, rodeada de chumberas, los Regulares. Penetran y rápidamente dan la vuelta. Como a conejos cercados, veo a dos moros procurar esconderse, tomando las vueltas a sus perseguidores. Encuentran un claro entre las punzantes chumberas; pero nuestros Regulares les disparan y les hacen caer.
Paralelamente van subiendo los del Tercio por las montañas que van a ocupar, y los Regulares hacia el caserío, y al mismo tiempo ondea la bandera española sobre la cresta y entran en el poblado los Regulares a la bayoneta, limpiando de moros la trinchera del ferrocarril, en que se habían hecho fuertes. Allí mataron a tres policías traidores.
Fue entonces el instante de mayor emoción en el combate, de mayor belleza, podríamos decir, por la precisión de los movimientos combinados. Seguía tronando el cañón para establecer una cortina de fuego en el flanco de los asaltantes. La Caballería de Alcántara, que esperaba su momento, en una carga velocísima, avanzó por la carretera a galope, penetrando en Nador, llegando hasta el límite del pueblo y rodeándolo luego y metiéndose en todas sus calles. Hicimos inmediatamente tocar la sirena de nuestro vaporcito, que quería hacer ruido y mostrar su satisfacción, saliendo de su papel meramente contemplativo, y poniendo, además, su proa en dirección al pueblo, nos aproximamos a un tosco muelle, en el que a los pocos minutos desembarcamos. Prieto, Domingo, el fotógrafo, ayudante de Alfonso, y yo, fuimos los primeros en saltar a tierra y en recorrer aquellas calles que tantas veces habíamos mirado con los prismáticos desde el mar.
Nuestra primera sensación de alegría fue ver allí mismo el cañón con el que, hace unos días, nos habían disparado cuando realizábamos nuestra pacífica misión informativa. Ya era nuestro otra vez. Un artillero abrió la cámara del arma y tenía un proyectil.
La segunda impresión fue un susto mayúsculo, que aún hace que me palpe para convencerme de que estoy ileso. Nos hacía Domingo una fotografía, apoyados en el cañón de marras, cuando un proyectil de los barcos, que no sabían que ya estaba aquel trozo extremo, y aún algo separado del pueblo, en poder de nuestras tropas, cayó a unos veinte metros de donde estábamos, levantando un monte de tierra, aunque sin hacernos daño alguno. No era esto lo peor. Otros dos proyectiles venían zumbando por el aire. ¿Qué irían diciendo con su agrio murmurar? Por fortuna, nada malo, sino el susto y la emoción consiguientes. Cayeron detrás de nosotros, a una distancia análoga. Nos felicitamos mutuamente, porque, en razón de este incidente, podremos unir la toma de Nador a la fecha de nuestro nacimiento.
El paseo por el poblado nos permitió ver las casas, que aunque pilladas y deterioradas, no lo están demasiadamente, y unas cuantas reparaciones las dejarán como nuevas. Muchos incidentes curiosos he anotado, que iré desarrollando, porque harían hoy interminable este relato. Algunas escenas de horror, reveladoras de la cruel barbarie mora. A un soldado prisionero, antes de huir, le degollaron cobardemente; y aún fluía cuando le vimos su sangre tibia. "



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