Carta de Pekín (fragmento)Pearl S. Buck

Carta de Pekín (fragmento)

"Mi situación presente me impele a rezar. Movida por la intensa ansiedad que me causa la suerte de mi hijo, todas las noches desde que se marchó, subo a su abandonado cuarto y allí rezo por su seguridad.
No sé qué eficacia tendrán mis impetraciones. Pero al menos la oración parece desahogar la tremenda congoja que me llena el corazón. Y me siento aliviada. Será por necesidad, pero creo que, cuando rezo, se me aligera la carga que llevo encima.
Hasta ahora no he querido —aunque lo deseaba— descolgar el teléfono, llamar a casa de Alegría y pedir noticias de mi hijo. No sería tan difícil preguntar si estaba Rennie allí y decir después si podía ponerse al aparato.
Pero no lo haré. Y no sólo porque él no me lo perdonaría, sino porque creo que debo acostumbrarme a vivir sola.
Mientras razonaba así oí a Baba llamándome. Subí a su alcoba y le encontré en el suelo. Se había desplomado al intentar levantarse, y yacía inmóvil, imposibilitado, sin saber qué decisiones tomar.
En realidad, Baba no vive más que de un momento para otro, sin que nada en la vida le importe, excepto la necesidad de cada ocasión presente. Había despertado, quiso vestirse y se cayó.
Le ayudé a levantarse y me hizo ademán de que saliera. Por inciertos que sean sus movimientos, conserva el sentido común suficiente para no querer tenerme delante mientras se lava y se viste. Sólo cuando se ha puesto la túnica china me llama para que le abroche los botones del cuello.
Esperé al otro lado de la puerta y, cuando me llamó, pasé, le sujeté los botones y le declaré listo para bajar a almorzar.
Baba vive feliz y serenamente. No tiene necesidades, ni temores, ni deseos de adoración, o de plegaria. Según Bruce, la simple rotura de un vaso sanguíneo, causándole un reducido daño en el cerebro, le ha liberado de toda suerte de cuidados. ¿Quién puede afirmar que los dioses no son bondadosos?
… Rennie ha vuelto a casa. Cuando cesé de rebelarme contra el dolor, cuando mi corazón se calmaba en parte y yo, resignada, incluso había dejado de orar, la inmensa perversidad del Universo pareció favorecerme.
Rennie llegó anoche, ya muy tarde. Yo dormía, pero desperté al sentir un chirrido en las puertas. Oí abrir una: la de la cocina. La había cerrado como de costumbre, puesto que nadie más que Rennie y yo tenemos llaves de ella. Comprendí, pues, que era él. Después oí abrir y cerrar la nevera.
Tras este sonido, ¿qué podía hacer? Hubiera querido saltar de mi lecho, bajar corriendo la escalera y abrazar a mi hijo. Pero la soledad me ha hecho más cauta. No se trata ya de dar a Rennie lo que yo quiera, sino de que él desee aceptar. Puesto que una vez se ha ido, otra y mil veces hará lo mismo. Ya ha aprendido a vivir sin mí y sin la casa.
Por lo tanto, no bajé. Más valía que él pensase que yo no había despertado. Por la mañana creerá sorprenderme y yo me fingiré sorprendida. Los días de la dichosa comunión entre madre e hijo, durante la infancia, han pasado ya.
No hice un solo movimiento. Ni siquiera puse un pie en el suelo. Permanecí en el lecho, escuchando, mientras la claridad de la luna penetraba tenuemente por los cristales de las ventanas.
Por los ruidos deduje que mi hijo estaba comiendo en la mesa de la cocina. Oí un ruido de platos y arrastrar una silla. Y Rennie debió de comer con apetito, porque permaneció en la cocina no menos de media hora. Después le oí abrir la puerta de la escalerilla de caracol que no conduce a otro lugar de la casa que a su dormitorio. Percibí el sonido del agua saliendo parsimoniosamente del grifo y cayendo, escasa, en la bañera. El muchacho no quería despertarme.
De manera que yo había obrado con sentido común. No entraría en su alcoba, ni siquiera para mirarle cuando se durmiera. Pero ¡qué feliz me hacía que hubiese vuelto a casa! Mi corazón saltaba del pecho y elevaba a los cielos su regocijo. ¡Gracias a Dios, gracias a Dios!
Cuando todo se tranquilizase, yo me dormiría. Pero ¿podría conseguirlo hasta no saber cómo se encontraba él? En todo caso, no debía ir a verle. Yacía en su lecho, en un cuarto sólo separado del mío por otro intermedio, pero en aquellos instantes se hallaba tan alejado de mí como Gerard en la remota Pekín.
Entre mi hijo y yo se había levantado un muro. Se había convertido en un hombre y yo no lo ignoraba.
Resumen: yo había de esperar a que él me dijera lo que quería ser para mí. Acaso ya no necesitara una madre y sí sólo una amiga, una amiga de más edad que él y que podía ser su madre, pero de modo subsidiario y como casual.
Esperé. El tiempo transcurría lentamente. Yo procuraba de continuo imaginar qué hora era. Al fin miré el reloj que tenía al lado de mi lecho.
Oí moverse la puerta lentamente. Permanecí inmóvil, sin encender la lámpara. Y entonces le vi en el umbral de la puerta, vistiendo su encarnado albornoz de baño.
Le hablé con tanta naturalidad como si nos hubiésemos visto el día anterior. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com