El espejo que huye (fragmento)Giovanni Papini

El espejo que huye (fragmento)

"Al llegar a casa me expresó sus buenos deseos y me aconsejó que durmiera. Subí a mi pequeño cuarto y me desvestí sin darme cuenta. No logré, naturalmente, dormir. Mi situación era tan horrible que aún no podía acostumbrarme a considerarla real. Sentirse completamente solo en el mundo, abandonado de pronto por todos, bajo el peso de una vergüenza desconocida o de una condena silenciosa es algo más pavoroso y misterioso que la muerte. Yo no existía más para los hombres. Estaba solo y maldito. Yo era el mismo, pero todos los demás habían cambiado respecto a mí. Estaba solo, pero no sobre una isla o una balsa, como un Robinson o un náufrago, con la esperanza de la salvación o la visión del regreso, sino solo en medio de una gran ciudad, solo en medio de una multitud, solo en el centro de hombres que me rechazaban, me negaban, me expulsaban de sus vidas.
Al llegar la mañana comencé a dormir, pero comencé a soñar de tal manera que me desperté casi inmediatamente gritando y llorando horrorizado. No sé cómo tuve fuerzas para salir una vez más de casa.
La ciudad era siempre la misma, todo estaba como antes. Los hombres y las mujeres iban y venían, y cada tanto, como para contrariarme, pasaban junto a mí personas que yo conocía y ninguna de ellas me miraba, ninguna me sonreía, ninguna me saludaba. Yo era como un extranjero o llegado al azar ese día. Todo lo que a mí se refería había desaparecido de las mentes.
Yo no existía más en los otros, sino sólo en mí mismo. Me parecía que mi misma alma había sido amputada y que me restaba sólo un pedacito, un pequeño centro al cual podía dar todavía el nombre Yo. Me parecía que todos los que pasaban me pedían razón de mi existencia. Me parecía que de todas partes surgían voces urgentes y sorprendidas que preguntaban: “¿Quién es? ¿Quién es usted?”
Y la única variante residía en el pronombre —en el usted o en el él—, pero todos los que pasaban me arrojaban a la cara la cruel pregunta.
Entonces todas estas preguntas se fundieron como un coro, se volvieron una sola y enorme pregunta que yo mismo me hacía a mí mismo: ¿Quién eres? ¿Cuándo había tratado de responder a esta pregunta? ¿Cuándo se me había ocurrido confesarme a mí mismo quién era yo? Sabía mi nombre, mi edad, mi patria, mi estatura; conocía algo mi rostro pero menos todavía mi alma. Del futuro, nada sabía; del pasado, no me quedaban más que pálidos bloques de recuerdos yuxtapuestos. Nunca había intentado descubrirme, conocer mi secreto, aseverar cuál era mi verdadero nombre, el nombre de mi raza y no el ficticio y ridículo que me impuso mi padre en la fuente bautismal.
¿Quién eres?, me pregunté finalmente, y apenas sentí la gravedad y la grandeza de esta pregunta el resto desapareció. No recordó ni los insultos ni las carcajadas ni el abandono de los otros.
Separado de ellos, me enfrenté conmigo mismo y quise olvidar todo lo que la costumbre y la opinión ajena habían hecho de mi alma. Había vivido hasta entonces de una cierta manera porque los otros me habían guiado o aconsejado, porque se habían formado ciertas ideas sobre mí que me desagradaba desmentir, porque me había encontrado en medio de hombres de quienes, sin darme cuenta, había imitado sus gustos y adoptado sus valores. Ahora ellos renegaban de mí y afirmaban no conocerme, mientras yo renegaba de lo que había en mí de ellos y no quería reconocer como mío lo que ellos me habían impuesto. Y sin miedo, me preguntaba a mí mismo: ¿Quién eres?
Todas las otras voces se habían callado. Solamente mi pregunta me llenaba el alma. Y durante muchos días viví como en un sueño buscando fatigosamente el hallazgo de una respuesta segura.
Una noche, mientras soñaba con una multitud de ciegos que caminaban por un prado cubierto de espesas hierbas, insensiblemente, la respuesta surgió de improviso.
Yo soy alguien para quien los otros no existen. Esta ceguera, esta amnesia de los hombres hacia mí había sido un examen que de ninguna otra manera hubiera podido aprobar. Los hombres no me conocían más pero yo no había sido suprimido. Había vuelto a encontrarme a mí mismo y ahora podía recomenzar mi vida y conocer otros hombres, ya sin temores. "



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