El cerebro de Andrew (fragmento)E.L. Doctorow

El cerebro de Andrew (fragmento)

"Cuando Andrew llegó a la casa de Martha, supo de inmediato que algo andaba mal. Habían retirado la nieve en todos los caminos de acceso a las casas de su calle, pero no en el de Martha. Andrew pagó al taxista y se quedó allí, con los pies hundidos en quince centímetros de nieve. Una cualidad de Martha, una de sus cualidades más características, era su impecable administración de la casa. Si algo no funcionaba, por secundario que fuese, ella tenía que mandarlo a arreglar en el acto. Llamaba a jardineros, fontaneros, electricistas, carpinteros, pintores, techadores, albañiles, personal de limpieza, cristaleros y operarios con especialidades esotéricas. Se ocupaba con solemnidad de detalles como las placas exteriores de las cerraduras de latón. En ese momento eran las ocho de la tarde de un lúgubre día de noviembre. Las luces estaban encendidas en el vecindario, pero la casa que tenía ante sí se hallaba tenuemente iluminada, como si se desarrollase allí dentro una sesión de espiritismo. No sé de dónde sacó Andrew esa idea. Como buenamente pudo, recorrió el camino hasta la puerta y la encontró entornada. [pensando]
Sí, siga.
Me llamó Simulador.
¿Quién?
El marido corpulento de Martha. Ese fue su saludo. Ah, dijo, aquí está el Simulador. Ese fue el nombre que concibió para mí cuando tomamos aquella copa el día que llevé el bebé a su puerta. Que yo solo simulaba ser un ser humano agradable, de disposición generosa para con el prójimo, cuando en realidad era una persona peligrosamente falsa, insincera por naturaleza y homicida: así me caracterizó. Andrew el Simulador. Y como le he dicho, no andaba lejos de la verdad. Pero esta vez, cuando me llamó Simulador, caí en la cuenta de quién era la persona del retrato colgado en el salón sobre la repisa de la chimenea. Era el marido de Martha en su papel más destacado cuando aún estaba en activo: Boris Godunov. Bueno, ya conoce la historia de Boris Godunov.
Me avergüenza decir...
Boris es una especie de Ricardo III a la rusa. Mata al legítimo heredero al trono, el zarevich Dimitri. Lo degüella y se declara zar. A partir de entonces vive atormentado por lo que ha hecho. Trastorno de estrés postraumático.
Vale.
Así que pasan los años y un monje oportunista, Grigori, viendo que tiene más o menos la misma edad que habría tenido el zarevich muerto, va a la frontera entre Polonia y Lituania para reunir un ejército. Marchará sobre Moscú presentándose como el zarevich Dimitri, el legítimo heredero al trono. Boris Godunov tiene la certeza de que ese hombre es un simulador, de que el auténtico zarevich sigue muerto. Pero corroído por la culpa, y poseído de la superstición religiosa, Boris no logra convencerse de que es así, y muere. Esa es la historia.
Interesante, pero por qué...
Salvo por un Bufón Inocente de la corte al que se oye lamentar la suerte de Rusia cuando cae el telón. En aquellos tiempos había muchos Bufones Inocentes en Rusia. En Shakespeare también hay Bufones, pero no son especialmente inocentes. Un Bufón ruso es automáticamente inocente. Estaba borracho, por supuesto.
¿El Bufón?
El marido corpulento de Martha. Arrellanado en una butaca, con toda la parafernalia zarista, destronado como Boris Godunov, destronado como marido de Martha. Porque supe que ella no estaba allí, no con la casa en ese estado. No con él en ese estado. Ignoraba que los cantantes de ópera fueran dueños de sus trajes de escena. No es así, ¿verdad que no? Pero allí estaba él, con aquella túnica tupida de paño y aquella corona tejida que se complacían en ponerse, adornada con joyas y rematada en lo alto con una pequeña cruz. Levantó su copa: por el Simulador, dijo, mirándome, y entonces, a causa del hipo, se le sacudió el brazo y el contenido de la copa trazó un precioso arco en el aire y fue a dar en su retrato, en la pared a sus espaldas, salpicando su rostro maquillado de Boris Godunov, de modo que el cuadro parecía derramar lágrimas.
¿Eso ocurrió realmente?
¿Qué?
¿Su impulsivo viaje a New Rochelle porque había oído Boris Godunov en la radio y luego el encuentro con esa réplica zarista, allí borracho?
No me enfadaré con usted por preguntarme eso porque yo mismo apenas me lo creí cuando estaba allí de pie, en aquel salón a oscuras, donde, dicho sea de paso, no había calefacción, lo cual quizá fuera la razón por la que el marido corpulento de Martha se había puesto esa tupida parafernalia junto con la corona, más gorro de lana que corona. ¿Y acaso no habría podido él estar escuchando con cierta amargura la misma emisión del sábado? Permanecí ante él, que me miraba con los ojos empañados y medio desenfocados. Había perdido peso y no era ya la figura intimidatoria de otros tiempos. Antes era todo un manatí de hombre, grande y jorobado, enorme y lustroso. Ya no. La papada, la cara ancha, la cabeza grande... todo se había reducido, la fisonomía, la mandíbula semejante a un hueso de la suerte, las mejillas chupadas, mirándome con unos ojos que eran los de un hombre muy enfermo. Sin saber por qué, sentí ira, una absoluta falta de compasión, y le hablé como uno le habla a un borracho.
¿Dónde está ella, dónde está Martha, maldito seas, dónde está mi hija?
Se levantó con dificultad y empezó a cantar la escena de la agonía con su áspera voz de bajo, tendiendo los brazos hacia mí.
Corrí escalera arriba, miré en todas las habitaciones. Una cuna vacía, cajones abiertos vacíos, armario vacío. En el dormitorio principal, la cama revuelta, un armario sin nada más que las perchas allí colgadas. En el suelo, unos cuantos jirones de papel. Un horario de autobuses plegado. Ras-chi-chev. Ras-chi-chev. [pensando] Oiga, quiero corregir la impresión errónea que quizá le haya transmitido sobre mis sentimientos por Briony.
Un momento: ¿qué hizo entonces?
¿Cómo?
Al descubrir que Martha se había ido.
Cogí el último tren de vuelta a Washington. Aquel pobre borracho no tenía más idea que yo de dónde estaba ella. Ni siquiera pudo decirme cuándo se había marchado. Tuve la sensación, mirando alrededor, de que hacía ya tiempo. La niña estaría a salvo con ella, eso por supuesto. Había dejado su piano. Seguía allí en el gabinete. Interpreté eso como que ahora Willa era su vida. Pero no había prisa, aquello no era una emergencia; si yo no hubiese hecho ese viaje impulsivamente, habría quedado en la ignorancia. Así que, en términos relativos, estaba al corriente de lo que ocurría. "



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