Días extraños (fragmento)Ray Loriga

Días extraños (fragmento)

"Éste es un mundo extraño. Está el rock and roll y un par de cosas buenas. David Bowie, los Clash, los Stones y alguno de los nuevos, como Living Colors o Sonic Youth, pero también está la televisión, y la televisión te recuerda constantemente el terreno que pisas. Televisión nacional y también televisión alemana, italiana, inglesa y mejicana. Puedes volverte loco, porque lo anormal es la norma, y todo es extraño y sorprendente aunque nadie parezca sorprendido. Es tan jodidamente raro que a veces parece lo único real. Piernas cortadas de Cuajo y senadores que se revientan los sesos con una pistola y chicas que se desnudan y empleados de banca que se desnudan y programas concurso donde un tío lo sabe todo sobre ingeniería genética o sobre la fabricación de galletas para perro, y miles de millones en premios y tíos capaces de darle por el culo a la virgen del rocío a cambio de un apartamento en la playa. No sé mucho de nada, pero conozco a todos los presentadores de todas las cadenas y puedo notar cualquier cambio en los decorados de los telediarios. Me quedo toda la noche viendo combates de boxeo. He visto caer a Leonard, y se me saltaban las lágrimas. He visto caer a Tyson, y aún no me lo creo. He visto resucitar a Foreman. A veces apago el televisor y me quedo mirando mi reflejo en la pantalla. Estoy solo y la habitación se comprime para entrar en la pantalla. Me siento como en casa.
No lo sabía cuando cogí la habitación. No sabía que la ventana frente a la cama era el gran agujero del culo de mi alma, y ahora andaban todos asomados. Querían verlo todo. Querían saber más que yo. Había uno en cada balcón. Esperando. Estaban ahí, esperando sin hacer nada, los muy jodidos. Querían un poco de fiesta. Me paseaba por el cuarto desnudo, y les encantaba. Asentían con la cabeza. Así que también bebía desnudo y hasta vomitaba por el suelo. Pero eso ya se lo esperaban. Escuchaban mi música. Les horrorizaba, pero no tenían más remedio que seguir con ello. Subía putas a mi cuarto y les daba por delante y por detrás, con AC/DC a todo volumen. Estaban tan asqueados que volvían al día siguiente, bien temprano. Algunos ya se sabían las canciones y tarareaban “Highway to hell” en voz baja. Seguían allí, esperando, y yo sabía qué es lo que venía después, pero no estaba muy seguro de querer dárselo. Tiraban cuchillas de afeitar por la ventana. Tenían prisa los muy hijoputas. Se habían traído sillas y algo para picar. Vino y cerveza y cacahuetes y refrescos para los críos. Las cuchillas entraban por la ventana como Cantos de sirena. Pero yo siempre he sabido que una sirena no es más que una sardina con malformación congénita. Así que empecé a pensar en mudarme a uno de los cuartos interiores.
A menos de dos manzanas hay un supermercado con un tío sucio sentado dentro. Es el dueño. Se sienta allí todo el día y mira cómo trabajan sus empleados. A veces se levanta y ayuda a las señoras con las bolsas. No es tanto una ayuda real como una especie de atención simbólica. Trato esmerado con el cliente y toda esa mierda. El tío anda siempre sucio y le sale aceite por la cara y por las manos como si fuera un motor viejo. La semana pasada fui a hacer la compra, y al salir me preguntó:
—¿Qué tal anda su chica? —después me guiño un ojo.
No contesté, pero me vine todo el camino de vuelta a casa pensando en esos ojos de grasa lamiendo el cuerpo de T a través de los pasillos de fruta y verduras y congelados y carne y leche y patatas de las que ya vienen cocidas. Me imaginé a T con una de sus cortas minifaldas moviéndose con gracia por el supermercado. Agachándose para coger los botes de abajo y estirándose para coger los botes de arriba y al cerdo del dueño soltando aceite por todas las válvulas. A veces pienso que T no se merece esto y pienso también que algunas de las mejores cosas están dentro de mi casa y que algunas de las peores están ahí fuera, a menos de dos manzanas.
Bob Dylan también mentía todo el tiempo. Decía que sus padres le habían vendido al circo. Yo escuchaba a Dylan y me imaginaba que tenía un caballo o un descapotable rojo. Escuchaba “Sad Eyed Lady of the Lowlands” y me imaginaba que tenía suerte. "



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