Bienaventurados los que esperan (fragmento)Alfredo Chavero

Bienaventurados los que esperan (fragmento)

"Condesa. ¿Y entonces?
Pardabé. Comenzó la sesión. No hacía caso de lo que pasaba en el salón. Me puse á mirar hacia arriba las hermosísimas pinturas de D. Luis de la Ribera... y me distraje contemplando las figuras del Cid, Colón, Saavedra, Campomanes, Jovellanos, Cervantes, Herrera, Velázquez, Berruguete y Vives; y tanto me deleitaron, que decía para mí: ya tengo gusto artístico. ¡Je, je, je!
Doctor. ¿Pero pasaba algo extraordinario?
Pardabé. Verá vd. Me fijé en los riquísimos muebles de palo santo de la presidencia; y aunque noté cierta agitación, me distraje otra vez calculando cuánto valdrían la mesa, la tribuna y los sillones. Yo soy comerciante antes que todo. ¡Je, je, je!
Condesa. ¿Y qué sucedió?
Pardabé. Que me volví a distraer contemplando los cuadros de los testeros: el del juramento de las Cortes de Cádiz, obra de Casado; y el de Doña María de Molina, pintura de Gisbert. Éste es el que más me gusta. Ya ven vdes. que soy artista. ¡Je, je, je!
Doctor. Pero la interpelación...
Pardabé. Verán vdes... Me ocurrió en esto una idea soberbia. Me dije: puesto que los reyes de España han acostumbrado, al entrar triunfantes en Madrid, ir primeramente á la basílica de Atocha, voy yo también; que mi casamiento y mi embajada, me hacen tan feliz como si fuera un rey victorioso. ¡Je, je, je!
Condesa. ¿Y fue vd.?
Pardabé. Sí, señora. Pero al salir del salón vi a nuestro amigo Alberto que se ponía de pie...
María. ¿Alberto?
Pardabé. Sí, María; y dijo: "Pido la palabra para interpelar al ministerio."
María. ¿Alberto habló hoy?
Pardabé. Yo no lo oí; apenas me fijé, y casi no vi cuando pidió la palabra, porque salía preocupado.
María. (Aparte.) Alberto me ama... ha querido echar por tierra el nombramiento de embajador de Pardabé.
Condesa. ¿Y cuál fue el resultado?
Pardabé. Que me entretuve en la basílica viendo el sepulcro de Castaños. ¡Cuántos nobles sentimientos se despertaron en mí! Luego me puse a observar el mausoleo del general Prim: no lo conocía. ¡Su lecho mortuorio de hierro, bronces dorados y plateados! ¡Su estatua acostada que parece que duerme! me seducía, y me tuvieron largo rato en meditación.
Doctor. ¿Y volvió vd. al Congreso?
María. ¿Había hablado Alberto?
Pardabé. Volví al Congreso. De lejos vi grupos agitados en la escalinata; y me pareció que los leones del pórtico alzaban sus manos de los mundos que oprimen, y que me llamaban. Tuve entonces gran angustia. "¿Qué habrá pasado con mi embajada?" me decía. Penetré precipitadamente en el salón; un estrépito estruendoso saludaba las últimas palabras de Alberto. Había hablado tres horas. Había arrebatado al público, y a los mismos diputados que de sus bancos se levantaban a felicitarlo y abrazarlo. Yo me quedé como clavado en mi número 100.
Doctor. ¿Y el ministro qué contestó?
Pardabé. Nada. Pasó como media hora de murmullos y agitación: yo estaba fuera de este mundo. Llegó al fin el subsecretario de Estado, y dijo en nombre del Rey, que vista la oposición del Congreso, se retiraba el Concordato, y que esta misma noche saldría un embajador a arreglar con Su Santidad uno nuevo, bajo bases de libertad y respeto a las regalías españolas.
María. ¿Y Alberto?
Pardabé. No sé. Me apresuré a salir para violentar el matrimonio, pues debo partir esta misma noche, según dijo el subsecretario.
Doctor. (Aparte.) Malo, malo.
María. (Aparte.) ¡Para qué soñar, si es imposible!
Condesa. Pero no teniendo vd. las ideas que hoy han triunfado en el Congreso...
Pardabé. Eso no importa. Yo soy el embajador. Pero quisiera me permitiesen vdes. el que hable algunos instantes a solas con mi prometida. Me vino cierta idea en Atocha, y tengo que decirte algunas palabras. Soy de fiar, señora condesa. ¡Je, je, je!
Condesa. Nos retiramos. (Se va con el doctor al gabinete). "



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