Carta a D (fragmento)André Gorz

Carta a D (fragmento)

"Me pregunté cómo podías soportar el fracaso de un trabajo al que lo había subordinado todo desde que me conocías. Y resulta que, para desembarazarme de él, me entregué cabizbajo a una nueva empresa que iba a absorberme Dios sabe cuánto tiempo. Pero no mostraste preocupación ni impaciencia. «Si tu vida es escribir, entonces escribe», me repetías. Como si tu vocación fuera la de confortarme en la mía.
Nuestra vida cambió. Nuestro pequeño apartamento atraía visitantes. Tú tenías tu círculo de amigos que venían al final de la tarde a tomar un whisky. Varias veces a la semana organizabas cenas o almuerzos. Vivíamos en el centro del mundo. La diferencia entre nuestros contactos, nuestros informadores y nuestros amigos se difuminaba. Branko, un diplomático yugoslavo, era todo eso a la vez. Había comenzado siendo responsable del Centro de Información yugoslavo, en la avenida de la Ópera, y había acabado como primer secretario de la embajada.
Gracias a él, conocimos a algunos intelectuales franceses y extranjeros que tuvieron mucha importancia para nosotros.
Tú tenías tu propio círculo, tu propia vida, sin dejar de participar plenamente en la mía. En nuestra primera cena de Nochevieja con el Castor, Sartre y la «familia» de Temps modernes, Sartre te asedió con una intensa atención y se podía leer en su rostro la satisfacción cuando le contestaste con la facilidad irrespetuosa que manifestabas hacia los grandes de este mundo. No sé si fue en esta ocasión o más tarde cuando uno de sus amigos me advirtió seriamente: «Ten cuidado, mi pequeño G. Tu mujer está más bella que nunca. Si decido cortejarla, sería ir-re-sis-tible».
En la rué du Bac fue donde te volviste totalmente tú misma. Cambiaste tu voz virginal de inglesita (la voz que no dejó de cultivar Jane Birkin, entre otras) por una voz comedida y grave. Redujiste el volumen de tu magnífica melena, en la que me gustaba hundir mi rostro. No conservaste más que una sombra de acento inglés. Leías a Beckett, Sarraute, Butor, Calvino, Pavese. Seguías los cursos de Claude Lévi-Strauss en el Collége de France. Quisiste aprender alemán y compraste los libros necesarios. «No quiero que aprendas ni una sola palabra de esta lengua -te dije-. Ya nunca volveré a hablar alemán.» Podías comprender esta actitud por parte de un Austrian Jew.
Juntos produjimos todos los reportajes que realicé en Francia y el extranjero. Hiciste que me percatara de mis limitaciones. Nunca olvidé la lección que fueron para mí los tres días pasados en Grenoble con Mendés France. Era uno de nuestros primeros reportajes. Comimos con Mendés, visité con él a sus amigos, asistí a sus entrevistas con la gente importante de la ciudad. Tú sabías que, paralelamente a estas entrevistas, iba a deliberar con los militantes del sindicato de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo para quienes los grandes patronos grenobleses no encarnaban precisamente «las fuerzas vivas de la nación». Fue grande tu insistencia para que Mendés leyera mi «reportaje» antes de enviarlo. Él te lo agradeció. «Si publica eso -me dijo-, no podría volver a poner mis pies en esta ciudad.» Parecía más divertido que molesto, como si le pareciera normal que a mi edad y en mi situación prefiriera el radicalismo al sentido del realismo político.
Ese día me di cuenta de que tenías más sentido político que yo. Eras capaz de percibir realidades que se me escapaban, al no entrar dentro de mi esquema de la realidad. Me volví un poco más modesto. Me habitué a hacerte leer mis artículos y manuscritos antes de entregarlos. Aceptaba tus críticas a regañadientes: «¡Por qué siempre tienes que llevar la razón!».
El fundamento sobre el que se alzaba nuestra pareja cambió con el curso de estos años. Nuestra relación se convirtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad. Se produjo una inflexión entre nosotros. A lo largo de mucho tiempo te dejaste intimidar por mi rasgo tajante; en él presentías la expresión de conocimientos que no dominabas. Poco a poco, fuiste negándote a dejarte influir. O mejor: te rebelabas contra las construcciones teóricas y, muy especialmente, contra las estadísticas. Estas son tanto menos concluyentes, decías, cuanto que sólo adquieren sentido por su interpretación. No obstante, ésta no puede aspirar al rigor matemático al que la estadística pretende confiar su autoridad. Necesitaba la teoría para estructurar mi pensamiento y te objetaba que un pensamiento no estructurado amenazaba siempre con naufragar en el empirismo y la insignificancia. Tú me replicabas que la teoría corre en todo momento el riesgo de convertirse en una cortapisa que impide percibir la cambiante complejidad de lo real. Discutimos sobre el tema decenas de veces y conocíamos de antemano lo que el otro respondería. En el fondo, esas discusiones eran un juego. Pero en ese juego tenías la sartén por el mango. No necesitabas las ciencias cognitivas para saber que, sin intuiciones ni afectos, no puede haber ni inteligencia ni sentido. Tus juicios reivindicaban imperturbablemente el fundamento de su certeza vivida, comunicable pero no demostrable. La autoridad -llamémosla ética- de esos juicios no tenía necesidad de debate para imponerse. Por el contrario, la autoridad del juicio teórico se hunde si no puede concitar la convicción mediante el debate. Mi «por qué tienes siempre que llevar la razón» no tenía otro sentido. Me parece que necesitaba tu juicio más que tú del mío.
Nuestro período «rué du Bac» duró diez años. No pretendo describirlos, sino extraer su sentido: el de una puesta en común creciente de nuestras actividades al mismo tiempo que una diferenciación cada vez mayor de nuestras imágenes respectivas de nosotros mismos. Esta tendencia seguiría afirmándose luego. Siempre habías sido más adulta que yo y cada vez lo eras más. En mi mirada descifrabas una «inocencia» de niño, y habrías podido decir «ingenuidad». Te desenvolvías sin esas prótesis psíquicas que son las doctrinas, teorías y sistemas de pensamiento. Yo las necesitaba para orientarme en el mundo intelectual, aunque pudiera cuestionarlas. En la rué du Bac escribí tres cuartas partes del Traidor y los tres ensayos siguientes.
El Traidor apareció en 1958, dieciocho meses después de la entrega del manuscrito. Apenas veinticuatro horas después de haberlo dejado en Seuil, recibiste una llamada telefónica de Francis Jeanson que te preguntaba: «¿Qué está haciendo ahora?». «No para de escribir», le respondiste. Te diste cuenta de que Jeanson estaba dispuesto a hacer publicar ese manuscrito.
Muchas veces dijiste que ese libro me había ido transformando a medida que lo escribía. «Una vez acabado, ya no eras el mismo.» Creo que te equivocabas. No fue su escritura lo que me permitió cambiar, sino haber producido un texto publicable y verlo publicado. Su publicación cambió mi situación. Me otorgó un lugar en el mundo, confirió una realidad a lo que pensaba, una realidad que excedía mis intenciones, que me obligaba a redefinirme y a superarme continuamente para no convertirme en el prisionero de la imagen que los demás se hacían de mí, ni de un producto que se había vuelto diferente de mí por su realidad objetiva. Magia de la literatura: me permitía acceder a la existencia en tanto que me había descrito, escrito en mi rechazo de existir. Ese libro era el producto de mi rechazo, era ese rechazo y, con su publicación, me impedía perseverar en ese rechazo. Era exactamente eso lo que yo había esperado y lo que únicamente su publicación podía permitirme obtener: verme obligado a comprometerme mucho antes de lo que hubiera podido con mi sola voluntad, y plantearme preguntas, perseguir fines que no habría definido en la soledad. "



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