El camino de El Dorado (fragmento)Arturo Uslar Pietri

El camino de El Dorado (fragmento)

"Los días de angustia y de tensión habían vuelto muy pronto, después de las pueriles horas en que se inició el entremés del reinado de Don Fernando.
A poco de empezar la navegación, Aguirre había ordenado que los bergantines se alejasen de la margen derecha que habían venido siguiendo casi todo el tiempo, y navegasen a vista de la izquierda. Aquella disposición marcaba su voluntad de llevar a todos según su capricho y no permitir que nada viniese a estorbar sus planes. Por la margen derecha, según los guías brasiles, era que debían encontrar las tierras de los Omaguas.
El río alcanzaba su entera plenitud y se perdía en inmensas soledades plomizas y azules hasta el horizonte. Ya no se detenían para acampar por las noches, sino que seguían navegando entre las sombras o a la luz de la luna, oyendo las periódicas voces de los que lanzaban al agua la sonda y anunciaban la profundidad.
La acritud y la violencia de Aguirre se iban haciendo cada vez más potentes y altaneras. Su constante movilidad lo llevaba a todas partes, lo hacía aparecer en todos los sitios, le daba casi una calidad fantasmal, que acababa de sobrecoger y atemorizar a los hombres.
Para reponerse de la escasez y de las hambres pasadas se detuvieron en un pueblo, donde los indios fugitivos abandonaron abundantes cantidades de alimentos. Todos comieron copiosamente y bebieron grandes cántaros de chicha fermentada, pero no hubo cantos, ni risas, ni alegrías.
Vino a sumarse al tétrico tono del ambiente la celebración que los sacerdotes hicieron de los oficios de la Semana Santa, que cayó en esos días. Durante lentas horas se estuvieron celebrando las complicadas ceremonias litúrgicas de la Pasión. El oficio de tinieblas se hizo en las horas de la tarde, junto a la ribera, con todos los hombres postrados de hinojos y un Cristo enfundado en trapos negros.
Doña Inés de Atienza, que desde la muerte de Ursúa se había mantenido muy apartada y casi inadvertida, vino a orar, acompañada de María de Soto y de Salduendo, el capitán de la Guardia del Príncipe. Las negras vestiduras que traía hacían resaltar más la serena belleza de su rostro.
Los más oraban con profunda ansia de protección. Detrás de todos, durante los oficios, Aguirre había permanecido apartado, en unión de sus hombres, armados de todas sus armas y puestos como en pie de ataque. Cerca de él la Torralba, flaca y agitanada, acompañaba a Elvira.
A ratos, la inquieta mirada de Aguirre, se cruzaba con la de Salduendo. No habían vuelto a hablarse desde la salida del pueblo de los bergantines, cuando Aguirre puso reparos y estalló en soeces blasfemias porque ocupaban mucho espacio en el buque los colchones y equipajes de doña Inés y de su criada. Ya Aguirre sabía qué, entonces, Salduendo había dicho: «Mercedes me ha de hacer a mí Lope de Aguirre al tiempo de mi vejez. Vivamos sin él, pese a tal». Todo aquello ardía en aquella mirada con una luz fría.
En los mismos días volvió a comenzar la trágica pesadilla de los asesinatos. Aguirre supo que Pedro Alonso Casco, que había sido Alguacil Mayor de Ursúa, había hecho algunas confidencias a un soldado Villatoro, quejoso de no haber ascendido y de no tener mejor posición. Mandó inmediatamente a darles garrote a ambos. Se corrió la voz de alarma entre muchos y llegó a oídos del Príncipe, quien mandó rápidamente a algunos de sus capitanes para impedirlo. Cuando llegaron ya estaba muerto Casco, y el negro verdugo empezaba a torcer la soga al cuello de Villatoro. "



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