A la conquista de los apaches (fragmento)José Luis Olaizola

A la conquista de los apaches (fragmento)

"Don Álvar se encontró solo en medio de aquella tribu, que tan amistosa había sido y ya no lo era tanto, salvado el Cuzumai que seguía siéndole fidelísimo. Los pocos castellanos que quedaban se desperdigaron buscando una salvación que no habían de encontrar, pero de eso se hablará. El Cuzumai le urgía a don Álvar a que se apartara de allí pues el chamán, sabiéndolo solo y sin apoyo de otros soldados —alguno de los cuales todavía conservaba su arcabuz— presto se desharía de él sirviéndose de algún encantamiento de los que ocasionan la muerte. Estos encantamientos los conseguía, bien con hierbas malignas, bien con pócimas de serpientes de las que abundan en aquellas tierras, y que entendiéndolas se les puede sacar el veneno y guardarlo en caracolas de mar.
Con no demasiadas fuerzas para caminar don Álvar siguió el consejo de quien se mostraba tan agradecido y se despidió de aquella familia, en medio de muestras de gran dolor, que comenzaron con anticipación al día de la partida, que coincidió con la luna llena, tenida por los indios como de buen augurio para viajar, mayormente si había que hacerlo de noche, pues en tal caso se podía aprovechar la luminosidad de ese cuerpo celeste. Dispuso que le acompañara su único hijo varón para que cargara con tantos presentes como dispuso el Cuzumai que llevara consigo para ser bien recibido allá a donde iba.
Pero el mozo no acertó con la tribu de los charrucos que era la que el Cuzumai tenía por amistosa, sino con otra que no lo era tanto. Allá los bosques son muy intrincados y el muchacho dio vueltas y más vueltas, pero por su corta edad, poco más de los doce años, no estaba diestro en moverse por aquellos laberintos selváticos, y cuando pasados los días —más de diez— dieron con un poblado en él entraron, siendo recibidos con el natural recelo, que algo se disipó cuando el muchacho comenzó a mostrar los presentes que portaba, que entre ellos es prueba de amistad y buena voluntad. Los que son enemigos no dan muestras de amistad, con presentes, sino que desde el primer momento blanden sus cuchillos o flechas como prueba de que su intención es matarles. Lo que no hacen es engañarles con presentes para luego atacarles.
Se despidió el mozo con las habituales muestras de dolor y grande fue la soledad de don Álvar en medio de una tribu que la denominan de los queres, que solo le trataron bien mientras duraron los presentes, muy abundantes de carnes secas, pescados ahumados, y pieles de bisonte bien curtidas, pero así que se terminaron, comenzaron a darle tratamiento de esclavo. ¿Es de imaginar la congoja de quien meses antes llegara a aquellas tierras, como segundo en el mando de una escuadra de más seiscientos hombres, convertido en esclavo de aquellos a quienes venían a conquistar? No era propiamente un esclavo, pero le daban tratamiento de tal por culpa de su cacique que si se portaba mal con los de su tribu, es de imaginar cómo lo haría con un extraño. Este cacique, cuyo nombre no consta en ninguno de los escritos de don Álvar, era hombre de fuerzas descomunales y si alguno de su tribu le hacía frente, le quebraba el cuello. A lo largo de los años que pasó entre ellos, comprobaría don Álvar en cuánto dependía el comportamiento de los indios según fueran sus jefes, que si eran mansos, los que les estaban sujetos también se mostraban de pareja condición, pero cómo fueran coléricos y amantes de las peleas otro tanto hacían sus súbditos. Y esto así porque esos salvajes entienden que sus jefes lo son por disposición de sus divinidades, considerándolo una divinidad más a la que hay que imitar en todo.
Este cacique, que era muy codicioso y tenía más de una mujer, cuando se acabaron los presentes le conminó a don Álvar a que fuera a por más, sin atender a razones. ¿De dónde quería que sacar más presentes? le decía don Álvar. A lo que el salvaje le replicaba que del mismo sitio de donde los sacara la vez anterior. Y cuando le decía que esto no podía ser, le ponía a trabajar como un esclavo en los quehaceres más penosos, como era sacar raíces comestibles de entre cañas, bajo las aguas, de suerte que traía los dedos tan gastados que una paja que los tocase los hacía sangrar.
Así se pasó más de un año sin acertar cómo salir de aquel martirio, que si bien martirio era, al menos conservaba la vida, y se temía que si se iba en busca de otra tribu corriera peor suerte. A veces soñaba que antes o después, hasta allí llegarían otros conquistadores de Castilla, entre otras razones porque ignoraba la suerte que había corrido don Pánfilo de Narváez, y pensaba que todavía quedaría tropa suficiente para seguir con la conquista de la Tierra Firme. Él no sabía dónde se encontraba, ni si al norte, ni si al sur, ya que ni tan siquiera disponía de una brújula que se lo señalara. Mientras navegaban disponían de un brújula seca, que era una aguja imantada, situada en una caja cubierta de vidrio, que colocada sobre una carta de navegar, de algo les servía para quien entendiera de esas cartas. De esta brújula se sentía muy ufano don Pánfilo, pero cuando llegaron a tierra ya de poco les sirvió. Antes de separarse le encargó a don Álvar que cuidara de ella, pero poco le duró el cuidado ya que en uno de los tantos naufragios como padeciera, se fue al fondo de las aguas. Al igual que los arcabuces que los fueron perdiendo en la mar, y si alguno quedaba de nada les sirvió sin pólvora para alimentarlo. Estaba, por tanto, desnudo, sin señal alguna de ser cristiano —salvo la barba— vestido con los mismos cueros que los indios, y en todo parecido a ellos.
De situación tan apurada le vinieron a sacar su ciencia de curandero, o cirujano, pero no del todo ya que el hombre al que sanó no era un mozo joven, como el hijo del Cuzumai, sino con años a su espalda que, como queda dicho, son tenidos en menos por los salvajes. Este hombre, de tiempo atrás, traía una flecha clavada por la espalda izquierda, con la punta muy cerca del corazón, pero no tan cerca como para morirse, pero sí para sentirse siempre enfermo, dándole mucha fatiga el respirar. A algunos les daba pena verle con esos agobios, pero otros entendían que le traía más cuenta morirse. Don Álvar discurrió que si llevaba tiempo con aquella flecha clavada en la espalda, y no estaba muerto, era que la herida no había ahondado mucho y bien valía la pena sacársela, y se puso a ello con la conformidad del interesado. La flecha la tenía atravesada por la ternilla, y con su cuchillo le abrió el pecho, y metiendo la punta con gran trabajo logró sacarla. Luego le dio dos puntos con una lezna, y como siguiera sangrando le estancó la sangre con una raspa de cuero. Pasados unos días el hombre estaba muy sano y el tajo que le diera, no parecía sino una raya en la palma de la mano. "



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