Ayer (fragmento)Agota Kristof

Ayer (fragmento)

"Una mujer joven con un niño en brazos sube al autobús.
Desde que trabajo en la fábrica, nadie sube en esa parada.
Hoy una mujer ha subido al autobús y esa mujer se llama Lina.
No la Lina de mis sueños, no la Lina que yo esperaba, sino la verdadera Lina, ese demonio de Lina que ya envenenó mi infancia. Aquella que se daba cuenta de que yo llevaba la ropa y los zapatos de su hermano mayor y que se lo decía a todo el mundo. Aquella que también me daba parte de su pan, de sus bizcochos, que tanto me hubiera gustado rechazar. Pero yo tenía demasiada hambre a la hora del recreo.
Lina decía que había que ayudar a los pobres, sus padres se lo decían. Y yo era el pobre que Lina había elegido.
Avanzo hasta el centro del autobús para observar mejor a Lina. Hace quince años que no la veo. No ha cambiado mucho. Sigue estando pálida y flaca. Sus cabellos son un poco más oscuros que antes, están sujetos en la nuca por una goma. El rostro de Lina no está maquillado, su vestido no es muy elegante ni está a la moda. No, Lina no es ninguna belleza.
Ella mira al vacío a través de la ventana, luego su mirada resbala un instante sobre mí, pero se desvía enseguida.
Seguramente sabe que yo maté a su padre, mi padre, nuestro padre, y quizá también a mi madre.
Es preciso que Lina no me reconozca. Podría denunciarme como asesino. Han pasado quince años, probablemente haya prescrito el delito. Por lo demás, ¿qué sabe ella? ¿Sabrá siquiera que tenemos el mismo padre? ¿Que teníamos el mismo padre? ¿Estará muerto?
El cuchillo era largo pero había encontrado una gran resistencia en el cuerpo del hombre. Yo había empujado con todas mis fuerzas, pero sólo tenía doce años y estaba desnutrido, enclenque, yo no pesaba nada. No tenía conocimientos de anatomía, y era muy posible que no hubiera tocado ningún órgano vital.
Al llegar frente a la fábrica, descendemos.
La asistenta social atiende a Lina, la acompaña a la guardería.
Entro en el taller, pongo en marcha mi máquina, funciona como jamás había funcionado, canta, acompasadamente: «¡Lina está aquí, Lina ha llegado!».
Afuera los árboles danzan, el viento sopla, las nubes corren, el sol brilla, hace buen tiempo como en una mañana primaveral.
¡Así que era a ella a quien yo esperaba! Yo no lo sabía. Creía esperar a una mujer desconocida, bella, irreal. Y es la verdadera Lina quien ha llegado después de quince años de separación. Nos reencontramos lejos de nuestra aldea natal, en otro pueblo, en otro país.
La mañana transcurre rápidamente. A mediodía voy a comer al comedor de la fábrica. Hacemos la cola, avanzamos lentamente. Lina está delante de mí. Coge café y una hogaza de pan. Igual que hacía yo al principio, cuando todavía no sabía apreciar los manjares de esta cocina extranjera. Todo me parecía soso, insípido.
Lina escoge una mesa apartada. Yo me instalo en otra mesa, frente a ella. Como, sin levantar la vista. Tengo miedo de mirarla. Cuando he terminado de comer, me levanto, devuelvo mi bandeja y voy a buscar un café. Al pasar delante de la mesa de Lina, echó un vistazo al libro que está leyendo. No está escrito ni en la lengua de nuestro país, ni en la de aquí. Creo que se trata de latín. "



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