Ameztoy

Vicente Ameztoy


 España | 1946-2001




1975 | 29 años
Sin título
Óleo sobre lienzo.
Artium de Álava. Vitoria
130 x 162 cm.



1977 | 31 años
Poxpoliñak (Arias Navarro)
Óleo sobre lienzo.
Museo de Bellas Artes de Bilbao
108 x 140 cm.



1979 | 33 años
La boca
Óleo sobre lienzo.
Museo de Bellas Artes de Bilbao
132 x 164 cm.



1998 | 52 años
San Cristóbal
Óleo sobre tabla.
Ermita de Remelluri. Labastida
110 x 70 cm.



Biografía:
    Pintor español nacido en San Sebastián. Considerado el poeta del sueño y de la infancia perdida, ni en lo estrictamente creativo ni en lo personal es posible encontrar parecido alguno con el resto de los artistas del País Vasco, tanto del presente como del pasado. Él era una isla entre artistas. Fue un artista precoz. Poseía una mano muy bien dotada para la pintura. En sus jóvenes años vivió la vida con un vendavalesco frenesí. En ese tiempo probó la experiencia de pintar bajo la influencia de los alucinógenos, opiáceos y toda otra clase de drogas. Hizo cuadros enteros con ácidos lisérgicos. Todo le servía para colmar su arrebatadora pasión por el arte, a la vez que le ayudaba a explorar en su geografía interior. Únicamente le importaba el hecho artístico. No aspiró nunca a estar dentro de los circuitos comerciales, como tampoco movió un dedo por convertirse en un pintor de éxito. Por esa razón realizó pocas exposiciones individuales en su vida. En la década de los años 70 se prodigó excepcionalmente algo más. En los últimos veinte años de su vida, tan sólo expuso de manera individual en dos ocasiones, 1990 y 2000. Cabe calificar de muy significativas esas dos efemérides en el arte de Ameztoy. En la primera destacaba el esplendor de su certera mano, sobre todo en las obras fechadas en 1977. En esos trabajos surge una suerte de éxtasis, hasta el punto de que su alada mano le impele a querer desaparecer como persona para convertirse y llegar a ser la totalidad del lienzo, repleto de formas y colores. En esas obras, vividas en un estado de latencia extática, ahí es donde Ameztoy era incomparable. Respecto a las obras de Remelluri, se vislumbraba cómo el artista había perdido parte del dominio y seguridad de su mano, mas continuaba en posesión de la sutil e inteligente sensibilidad inherente en él desde muy temprana edad. Seguía siendo el artista isla, poseedor de un muy acreditado sello personal. Mientras vemos pasar de manera regular y velocísimamente a no pocas generaciones de jóvenes artistas vascos camino de la gloria del talonario y la ubicación apoltronada en museos localistas, cobra un valor especial la actitud que mantuvo en vida Vicente Ameztoy, ajeno al deseo de medrar a costa de perder independencia. La voluntad de querer ser pintor, por encima de todo, le llevó a alzarse como un pintor muy por encima de muchos otros. Su arte fue su refugio recurrente. Allí se percibe como una búsqueda hacia la cueva o fondo primigenio, que viene a ser el útero materno. No se trata de espantar y/o sorprender a nadie con esta aserción. Años atrás se lo dijimos y Ameztoy señaló estar completamente de acuerdo. Como aceptó el sentirse poseído por la abundancia de la flora, para refugiarse en la hierba, en los cloroplastos de los órganos de las plantas, en una imperiosa necesidad por volver a la infancia como quien busca con ansiedad una protección irrestañable. Todo su arte estuvo preñado de verdad. Era su imperiosa verdad.  © José Luis Merino



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