La cosa del bosque (fragmento)Antonia Susan Byatt
La cosa del bosque (fragmento)

"Después de la guerra, sus destinos siguieron siendo semejantes y distintos. La madre viuda de Penny se consagró a su pena, cerró su rostro y sus cortinas, se movía con rigidez, como una autómata, y leía poesía. La madre de Primrose se casó con uno de los muchos admiradores, visitantes y parejas de baile que había tenido antes de que se hundiera el barco, dio a luz a otros cinco hijos, y sufrió de varices y de la tos del fumador. Cuando el rubio de su pelo se apagó, se tiñó con agua oxigenada. A causa de la guerra, Penny y Primrose, ambas hijas únicas, vivieron a partir de entonces en familias amputadas o irreales. Penny se enamoró de profesores poetas, y a su debido tiempo —era una chica inteligente— fue a la universidad, donde escogió la carrera de Psicología Evolutiva. Primrose recibió poca educación. Continuamente tenía que faltar a la escuela para ocuparse de los otros. También ella se tiñó con agua oxigenada los rizos rubios cuando se volvieron castaños y perdieron su brillo. Engordó mientras Penny adelgazaba. Ninguna de las dos se casó. Penny se hizo psicóloga infantil y trabajaba con los niños maltratados, desplazados o trastornados. Primrose hacía un poco de esto y un poco de aquello. Fue camarera. Trabajó en una tienda. Prestó ayuda en diversas guarderías parroquiales y en reuniones del Ejército de Salvación, y así descubrió que tenía talento para relatar historias. Se convirtió en la tía Primrose, con su propio repertorio de cuentos. Se ocupaba de contar historias en jardines de infancia y de animar fiestas infantiles. Era muy reclamada en Halloween, y tenía su propio círculo de sillas de plástico amarillo brillante en un centro comercial de los alrededores, donde cuidaba a los niños de mujeres agobiadas y, mientras los vigilaba, les ofrecía un estremecimiento de miedo y de terror que los hacía rebullir de placer.
La casa envejeció de una manera diferente. Durante ese periodo —mientras las niñitas se convertían en mujeres— fue cedida al Estado, que la transformó en un museo viviente donde aún habitaban los descendientes en carne y hueso de quienes la habían alzado, demolido, ampliado con una nueva ala, reducido cerrando un corredor. En horarios precisos se hacían visitas guiadas. En el curso de esas visitas, la sala de baile y los salones privados se cerraban al paso con gruesas cuerdas carmesí sujetas a pedestales de latón. Los aburridos y los curiosos se asomaban para observar las camas con dosel y los sillones de seda rosa, las fotografías con marco de plata de la familia real en tiempos de guerra, los agrietados retratos del Renacimiento y el Siglo de las Luces de reinas muertas mucho tiempo atrás y de antepasados solemnes o plácidamente pensativos. En la habitación donde los evacuados habían comido sus alimentos racionados, se exhibía la historia de la casa en carteles, en vitrinas, con noticias útiles y ejemplares abiertos de viejos diarios íntimos y anales. Había reproducciones de las pinturas famosas que se habían mantenido ocultas allí durante la guerra. Una placa recordaba a los muertos de la casa: un jardinero, un ayudante de jardinero, un chófer y un hijo de la familia. Había asimismo fotografías de las camas del hospital militar, y de enfermeras empujando sillas de ruedas por el parque. No se hacía ninguna mención de los evacuados, cuya presencia parecía haber sido demasiado efímera para dejar rastro alguno. "



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