Quien así te quiere (fragmento) Edith Bruck
Quien así te quiere (fragmento)

"Llegó la Pascua de 1944. Fue una fiesta triste: mis padres apenas se hablaban y vagaban sin decir palabra de aquí para allá por la casa. Nos mirábamos en silencio y yo no sabía por qué. Más tarde mi padre y mi madre nos dijeron que unos alemanes habían llegado al pueblo. Pregunté por qué les teníamos que tener miedo, pero no me respondieron. Me sentía mal. Mi madre, tal vez por decir algo, me pidió que llevara al desván la olla que usábamos solo en Pascua, añadiendo que con toda probabilidad ya no la usaríamos más.
Por la tarde mi padre cogió la mano de mi madre y los hijos nos sentamos cerca de ellos; yo tenía mi cabeza estaba apoyada en su regazo y ella me acariciaba el pelo, algo que no hacía desde mucho tiempo atrás. ¡Me gustaba tanto ser mimada! Amor, paz, silencio: todo me daba miedo en la oscuridad. Les pedí que hablaran: "No estéis tan callados; me estoy volviendo loca", dije. Mi madre empezó entonces a hablar de la Biblia, de los padecimientos de los hebreos polacos y eslovacos deportados, y nos contó que había tenido un horrible sueño: había visto quemar a la gente, y añadió que iba a llegar también un tiempo tristísimo para nosotros. Pero nosotros éramos niños y no teníamos por qué asustarnos, ya que Dios estaba con nosotros. Lo importante era no desesperarse, pasase lo que pasase. Se levantó temblando y, por primera vez, le dio a mi padre un vaso de coñac que él, también por primera vez, rechazó. Intuía que no había ninguna salvación para nosotros. Mil pensamientos se agolpaban en mi mente y, de repente, recordé que en casa había nueces y que podía cogerlas y esconderlas sin que nadie se diese cuenta. Dejé la cocina y me fui al desván con mi tesoro, asegurándome de que estuvieran bien escondidas. Luego me paré y murmuré para mí entre dientes: "Las comeré cuando vuelva; ¿volveré?, pero, ¿de dónde?".
Cuando bajé, la cocina me pareció aún más oscura de lo habitual; por fuera las ventanas estaban cegadas y la luz que se filtraba a través del papel negro que las cubría iluminaba tan solo las caras. Parecía un velatorio. Quise correr y gritar: "¿Quién ha muerto? Estamos todavía vivos, ¿por qué no habláis? ¿Qué esperáis?". Pero no fui capaz de decir ni una palabra. Era casi medianoche cuando me fui a la cama. Antes de dormirme volví a la cocina a ver a mis padres pegados el uno al otro, y besé el grueso brazo de mi madre y la cara inquieta de mi padre. Los abracé a los dos como si fueran dos niños. Luego volví al cuarto de puntillas y me metí en la cama junto a Eliz, que estaba a punto de dormirse. Me estrechó contra ella acariciándome, algo que hacía raras veces, solo cuando me quería demostrar que me quería mucho, mientras me repetía: "Ditke, Ditke, mi pequeña hermanita, no te daré más coscorrones, ya verás". Era una noche más oscura que las demás; por la ventana no entraba ni un rayo de luz, igual que tampoco entraba en nuestro corazón. Acurrucada en la cama deseaba tan solo dormir un poco. Parecía que el tiempo no pasase, notaba que las fuerzas me abandonaban y que me deslizaba hacia la oscuridad. "



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