El pueblo de las cinco comidas (fragmento)Edoardo Scarfoglio
El pueblo de las cinco comidas (fragmento)

"¿Por qué nosotros, míseras bestias humanas, tenemos que perecer por vosotros? Todas las bondades del mundo se amontonan en vuestra mesa: los corderos cebados que transformaron en grasa los prados suculentos, abonados con fosfatos y hierro, de los valles de Nueva Zelanda y las tortugas gigantes de las Islas Galápagos; los peces que el arponero noruego ensarta al borde de la banquisa polar y los huevos que la granjera danesa recoge al alba en el nido; los frutos del banano que despliega sus vastas hojas en los bosques del Congo y los cocos enormes, cuyos altos penachos oscilan con los alisios, envolviendo la belleza divina de la laguna polinesia. Todas las delicias y exquisiteces, que la matriz de la Tierra dona y sus innumerables ubres alimentan, desfilan bajo vuestros potentes molares, hombres de las cinco comidas, hinchando vuestro vientre y engrasándoos la piel.
¿Por qué nosotros, doblados y temblorosos por el zarpazo de la fiebre palustre, demacrados por la más absoluta indigencia, errantes por los océanos en busca de pan, tenemos que perecer por vosotros?
Posasteis vuestras rudas manos encima de toda la riqueza del mundo y os apropiasteis de ella. Para vosotros, el cafre destroza sus muñecas de atleta en la mina y el nadador hindú escupe sangre de sus pulmones jadeantes, para adornar el cuello armonioso de vuestras ladies blancas, erguido sobre sus hombros que parecen asas de un vaso de Egina, que esperan impacientes las perlas y diamantes. Para vosotros, el leñador malasio devasta sus bosques de leña de sándalo y tumba en la hierba los troncos de caoba y teca, con los que construís vuestros barcos de recreo, mariposas colosales, y vuestros cálidos vestíbulos que huelen a bodega de barco donde, escondidos tras el humo del tabaco, digerís recostados aguar diente, salchichas y grasa de cerdo y cordero en vuestras comidas gloriosas. Para vosotros, el cazador canadiense espera a la marta en el bosque nevado, la tejedora persa dobla el espinazo sobre el dibujo hereditario de las alfombras sagradas, el negrito3 de las islas Molucas, con el tiro de su cerbatana, perturba los amoríos imperiales de las aves del paraíso, hijas del Sol, y el árabe, por cuyas venas circulan glóbulos de la sangre ilustre del profeta, selecciona uno a uno los granos de café en los jardines de Saná. "



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