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La otra Guerra de Abril (fragmento) "Salvo algunas excepciones que yo haya podido comprobar, los cultores del arte no tomamos en nuestras manos armas de fuego; o al menos no las usamos, o sólo lo hicimos ocasionalmente, etcétera. La casi totalidad de los seres humanos deja crecer la quimera en busca del premio de una atención que los haga crecer ante los ojos de los demás y así compensar los desprecios de los que está cargada la vida (no hablo necesariamente de paranoia, complejos o neurosis); pero, cuando se trata de “creadores” la cuestión empeora: los límites entre la realidad y la ficción se hacen verdaderamente indefinibles. Lo mejor es, a la sazón, ya que resulta prácticamente imposible confirmarlo o negarlo, dejar esos asuntos intocados, y referirnos solamente a lo que es comprobable con hechos, lo que realmente hicimos. Para quedar bien y porque es verdad, es bueno aclarar que la palabra “arma” no tiene que estar necesariamente involucrada con el fuego; por lo menos con ese que quema y mata. Pueden ser blanca, o simplemente, ser arma cerebral, que también defiende o puede agredir, además de divertir, por supuesto. Y de ese tipo de arma sí que usamos. Las nuestras, las armas que nos correspondían, nuestros artefactos, no tenían que ver con balas humeantes ni con texturas y colores acerados; eran otras. Realizábamos allí y entonces, los artistas, lo que sabíamos hacer: los pintores pintaban; los escritores escribíamos, y los teatristas actuábamos. El arte es casi siempre, si no perpetuamente, un acto individual. Según esto, el artista podría catalogarse como narcisista, por no decir egoísta… ¡Y eso es bastante verdad! Podremos embarcarnos en ideologías, quizás resultaremos zarandeados por las circunstancias, complacidos postergaremos a veces nuestra clarinada masturbación en aras del bien de los demás; pero en la raíz del hecho siempre estará el “yo”. Ese ego crecido, con o sin razón, que establece que el Mundo y sus circunstancias son del color de nuestro cristal. Y esa característica, digamos distintiva, nos dota de aspiraciones y capacidades, las cuales, tercamente insistimos, sólo pueden ser expresadas en un lenguaje diferente al cotidiano: el color, la forma, la melodía, el ritmo y, digamos, la palabra liberada de su cotidianidad. Sí, en la propia y deliciosa jerigonza que es la expresión externa de la estética; la sublime, la más alta manifestación de la personalidad. " epdlp.com |