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Introducción a la Poesía de Pablo Neruda (fragmento) "En Santiago el joven poeta amplió sus lecturas. Su contacto directo con los textos de poesía francesa es obvio. Arturo Torres Rioseco recuerda que en su juventud un maestro de liceo chileno les decía a sus alumnos: "No perdáis vuestro tiempo leyendo libros españoles ni chilenos; la vida es corta y hay muchos libros franceses que leer". Y por infinitos testimonios hispanoamericanos de aquellos años sabemos cuáles eran los poetas franceses favoritos de Sudamérica: Albert Samain, simbolista tan de segunda fila pero que tanto gustó en el mundo hispánico (quizás por su escenografía y sus alusiones al ritual católico), y los dioses mayores, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé. Sin embargo, Neruda muestra haber leído también a los grandes modernistas hispanoamericanos, con Darío en primer lugar, y a los más jóvenes, Julio Herrera y Reissig y, sobre todo, Carlos Sabat Ercasty. No es extraño, pues, que las primeras obras de Neruda, La canción de la fiesta (1921) y Crepusculario (1923), estén llenas de ecos. El propio poeta lo reconocía: "Se mezclaron voces ajenas a las mías, / yo lo comprendo, amigos!" Y es cierto que estas obras iniciales son a veces muy derivativas, muy modernistas, en versificación, en léxico, en temática. Hay en ellas muchos cuartetos alejandrinos, muchos lampadarios y muchas ojivas, muchas Primaveras y muchas Amadas con letra mayúscula, muchos Pelleas y Melisanda, muchos Paolos y muchas Helenas. Pero no es menos cierto que si por ellos estas obras representan la agonía de una escuela, por otra parte comienzan a mostrar también los pródromos de un Neruda personal, del que poquísimos años más tarde encontrará su voz propia y su propio estilo. Me refiero al Neruda que ya en estos poemas iniciales tiene los sentidos directamente abiertos a la realidad del mundo en torno, no de un mundo idealizado sino del mundo de las cosas de cada día, bellas o feas que sean, para las cuales tiene ojos fotográficos, oído, tacto, vista y olfato en guardia: un mundo de cosas como la pandereta que toca un mendigo ciego, fierros, cenizas, yunques, puentes de ferrocarril, y sobre todo la tierra de sembradora, un surco, los árboles, la playa, el agua (el agua omnipresente: lluvia, río, mar, lágrima) y el amor sensual, su cuerpo y el cuerpo en mal de amor. Esos sentidos que de niño le hicieron fijarse en los pájaros, los insectos, los huevos de perdiz, la cicatriz en la cara de un hombre, las tarjetas postales, el olor de la madera fresca, el color de los copihues, el sabor de la sangre de cordero, le alejan (aun en esos poemas iniciales) de la literatura entonces en uso. Por ellos abre Neruda una brecha en el mundo intelectualmente idealizado y preciosista del modernismo, se abandona a su emoción ante la realidad del mundo circundante, noble e innoble, tal como se le aparece. En esta entrega a la intuición de lo inmediato, de lo cotidiano, lo corriente, lo vulgar -que los modernistas hubieran considerado apoético si no antipoético-, coincide el joven Neruda con otros poetas hispanoamericanos del mismo momento, cara a otro mundo que el de sus padres literarios; coincide, por ejemplo, con el mexicano Ramón López Velarde, de La sangre devota (1916), o con el peruano César Vallejo, de Los heraldos negros (1918); no es mala compañía. " epdlp.com |