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Leones muertos (fragmento) "La única diferencia era que en otros tiempos habría buscado un trozo de pared vacío para fumarse un cigarrillo. Allí no era posible, lo que no impidió que sintiera la punzada de la nicotina en su interior... o más bien un pinchazo repentino, como de avispa, en el muslo, tan fuerte que dio un respingo. Bajó la mano y apartó el canto de un maletín ajeno y luego la desagradable y resbaladiza humedad de un paraguas. «Armas mortales», pensó. «Los oficinistas siempre lleváis armas mortales encima.» La multitud le impedía quedarse quieto, pero de pronto todo volvió a su sitio: recuperó el contacto visual. El sospechoso, con la calva protegida por un sombrero y el maletín bajo el brazo, estaba cerca de la escalera mecánica que llevaba al puente de los pasajeros. Así que, dejándose llevar por los cansados viajeros, Dickie avanzó lentamente, subió por la escalera y, al llegar arriba, se deslizó hasta un rincón. Por aquel puente se llegaba a la entrada principal: dio por hecho que todos tomarían ese camino en cuanto anunciaran algo sobre los autobuses. Cerró los ojos. Aquél no era un día cualquiera: normalmente a esas horas (poco después de las seis y media) ya estarían limadas todas las asperezas. Llevaría despierto desde las doce, tras cinco horas de sueño tormentoso, y tocarían el café solo y el cigarrillo en su habitación; una ducha, de ser necesario, y luego el Star, donde una Guinness con un chupito de whisky al lado le abrirían el apetito o le advertirían que era mejor evitar los alimentos sólidos. Los días difíciles habían quedado atrás. En otros tiempos solía ser menos digno de confianza: borracho, tomaba a las monjas por putas y a los policías por amigos; sobrio, miraba a la cara a sus ex esposas sin reconocerlas, lo que para ellas resultaba un alivio. Malos tiempos." epdlp.com |