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Cesárea (fragmento) "Fue aquella madrugada con Bédan en el bosque cuando entendí que nunca podría irme de Liltuna y de la biblioteca con el reloj de pared. Que ese reloj siempre me miraría con su ojo torcido. Que nunca sabría más del mundo de lo que había aprendido allí. Ahora, nevada. Duermo con el cuerpo pegado a la chimenea, he puesto todos los objetos donde pueda verlos. El frío hace que la madera del suelo cruja. Al amanecer, los animales se acercan a la casa buscando comida y calor. Primero se detienen en el lindero del bosque, caminan un rato en círculos antes de aventurarse. Por las mañanas luce un sol brumoso. Nevada. También el lago parecía un ojo cuando Bédan y yo nos acercábamos al amanecer, después de aquella noche en que nos fuimos al bosque. Era como en el sueño, pero sin fuego. Fin del verano. El ojo del lago era gris y estaba inmóvil, rodeado de espadaña y caña, una pupila flotante; tal vez nos había observado desde siempre. La vegetación de la otra orilla desprendía vapor hacia la luz grumosa. A lo lejos, un zorro. Yo llevaba puestos los pantalones de sayal y tenía el Cetro en la mano, mis miembros ya estaban Fajados y Envueltos. En el aire matinal de agosto había un aroma de otoño. Bédan gimoteó. «Un poquito más», le dije, rogándole ya esta vez. Le ofrecí la mano. Un pájaro ululó. Luego el cielo se abrió y el ardiente disco solar surgió de detrás de las copas de los pinos, disolviendo en luz sus ramajes. Habíamos llegado. Y, a pesar de ello, no habíamos llegado a ninguna parte. Fue ahí cuando lo entendí: que no habíamos llegado a ninguna parte." epdlp.com |