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La intimidad de las abejas (fragmento) "Lola y Rita intentaron caminar, pero sus pies no respondieron. Genoveva removió los trastes sucios y los gabinetes. Ni rastro de los teléfonos. Un murmullo envolvente, apenas perceptible, fue creciendo hasta transformarse en un clamor estentóreo y escalofriante. —Amy, ¿eres tú? —preguntó Lola como si estuviera agonizando. Un restallido que amenazó con fracturar la bóveda celeste rompió las nubes en un aguacero inesperado. La lámpara se fundió y un relámpago reveló una figura monstruosa pegada a la ventana. Las tres niñas huyeron gritando de terror hasta la casa de Genoveva. Llegaron empapadas, con el cabello convertido en una masa informe que caía aplastada sobre sus cráneos. No habían terminado de secarse cuando la lluvia cesó. Genoveva convenció a Lola de regresar a comprobar la casa con un par de linternas. Cuando llegaron, los focos del porche se encendían, la línea telefónica funcionaba, los cojines reposaban en los sillones y los tres teléfonos celulares estaban apilados en la mesa de la sala, donde no había rastro de velas ni ouijas. Obviamente, se quedaron con Genoveva. Lola y Rita compartían la cama y Genoveva puso varias cobijas en el piso hasta volverlo confortable. No hablaron. Rita dormía como si hubiera entrado en coma y, después de unos minutos de indecisión, Lola tuvo el coraje para deslizarse al lecho de Genoveva. Se quedó a su lado en la oscuridad, sin moverse, y pensó que durante la sesión de cuentamiedos no había contado su miedo de abejas. Lola temía estar frente a frente con Amy Winehouse y quedarse paralizada. Quedarse paralizada porque el cabello de Amy se descomponía en un enjambre de abejas asesinas que la atacaban yendo directamente a los ojos, a los labios, a sus partes más vulnerables y blandas. Lola sintió el revoloteo de unas alas desplegándose en sus omóplatos pueriles. Eran las manos de Genoveva. Se quedó paralizada. Genoveva se encargó de los trabajos y gestiones físicas. Dedicada y laboriosa, como si construyera un panal celda por celda. Lola sólo tuvo que quedarse allí, paralizada, muerta de amor. Sintiendo aquella parálisis nerviosa que se parecía mucho a cientos de miles de abejas apoderándose de ella. Abejas clavándole sus aguijones, sustituyendo sus células con veneno hasta transformarla en su ADN y convertirla en una enorme abeja medrosa y asustadiza." epdlp.com |