Una primavera atroz (fragmento)Juan Pedro Quiñonero
Una primavera atroz (fragmento)

"Jorge Manrique era bastante más joven y había comenzado a entrar en la vida cuando Ferrer ya salía y se despedía para siempre de todos los espejismos que pueden hacer más llevadera la vida de un hombre obligado a renunciar, por la fuerza, a la ilusión de una patria, los deberes de una familia, o el calor de un hogar; consagrado a una causa más alta, creía, en la que todavía se educó Manrique, niño condenado al exilio, creyendo que también él caminaba hacia un mundo nuevo.
En el limbo de su beatitud infantil, sin remedio, ambos confiaban en la astucia y finas artes con las que Maurici Esglás era capaz de manejar con precisión los instrumentos más sofisticados, en compañía de torvos personajes muy variopintos, en su imprevisible diversidad; tan eficaz en un laboratorio artesanal (donde podían contrahacerse con mucha pericia pasaportes robados), como falto de escrúpulos ante la ventanilla de un oscuro banco de provincias, que debía ser atracado a mano armada.
Sirviéndose, entre risas, otra ración de sémola, legumbres y caldo aromatizado con deliciosas especias, Esglás engañaba sin pudor a sus amigos, haciendo gala de su fraterna brutalidad, contando por enésima vez el turbio cuento (nunca se sabrá si pura fantasía, megalomanía crepuscular o traición involuntaria de viejos ideales marchitos) de cómo había conseguido burlar a la policía de varios Estados, hasta hacer llegar a la guerrilla de un lejano país sudamericano cantidades importantes de dólares falsificados; convencido de que el trabajo realizado por sus compañeros de viaje pronto florecería en la tierra de nadie y de todos de una nueva e invisible generación que ellos creían haber educado, con su ejemplo, sus obras y la transmisión de un ideal, intacto, alimentado artificialmente con ilusiones falsas; sin discernir siempre entre las sucesivas máscaras vacías de los héroes de su descarriada juventud, convertidos algunos de ellos en los fanáticos criminales de su madurez truncada. La memoria realzaba con muchos colores chillones las hazañas presumidas o reales de aquel hombre, cuya formación y legado familiar terminaron por descarriarse en los lechos de amor carnal donde él creía prolongar el más íntimo de los combates; cuando, en verdad, allí lo perderían la gula, la traición y la lujuria."



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