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La luna y las fogatas (fragmento) "El otro año, cuando volví por primera vez al pueblo, vine casi a escondidas a ver los avellanos. La colina de Gaminella, una ladera larga e interrumpida toda viña y ribazos, una pendiente tan pronunciada que si levantas la cabeza no ves la cima —y en la cima, quién sabe dónde, hay más viña, otros bosques, otros senderos—, parecía que el invierno la hubiera cuarteado y dejaba entrever la tierra y los troncos desnudos. La veía claramente, con una luz seca, extenderse gigantesca hacia Canelli, donde acaba nuestro valle. Por la carreterucha que sigue el curso del Belbo llegué al murete del puente y al cañaveral. Veía sobre el bancal la pared del chamizo hecho de piedras ahora ennegrecidas, la higuera retorcida, el ventanuco vacío, y recordaba los terribles inviernos. A mi alrededor, los árboles y la tierra eran diferentes, la masa de avellanos había desaparecido, solo veía el rastrojo del maizal. [...] Aquella noche, cuando dejé atrás Gaminella, me encontré de frente la colina de Salto, más allá del Belbo, con las crestas y los prados que desaparecían en las alturas. En la falda, también aquella colina era todo viña deshojada, en terrazas, y los arbolados, los senderos, las casas de labor aquí y allá eran como los vi durante años, a diario, sentado en la banca detrás del chamizo o apoyado en el pretil del puente. Además, los años antes de entrar en quintas, que fui siervo en la alquería de la Mora, en la llanura pingüe que hay al otro lado del Belbo y Padrino —una vez vendido el chamizo de Gaminella— se fue con las hijas a Cossano, aquellos años —decía— bastaba que levantase la vista de los campos para ver bajo el cielo las viñas de Salto, y también estas descendían hacia Canelli, paralelas a la vía del tren, al silbido del tren que día y noche corría a lo largo del Belbo y me hacía pensar en maravillas, en estaciones; y en la ciudad." epdlp.com |