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La sombra de la tierra (fragmento) "Las paredes de la alcoba parece que se acercaran y alejaran encerrando a su marido que, de pie, con los pantalones bajados por detrás de su hijo, le tapa la boca a Baldo desnudo de rodillas sobre la cama. Atilana se obliga a cerrar los ojos unos segundos para no perder el sentido. No es capaz de oír más que sus propios latidos que le estallan en los oídos, y su respiración cavernosa. Al abrir los ojos de nuevo, distingue a Bela acurrucada en su cama con las mejillas llenas de lágrimas que la mira con terror, y a Baldo que, aunque ella no puede oírlo, siente que la está llamando a gritos. Atilana tiene que sacudir la cabeza para no hundirse en el pozo negro que se abre ante ella; se lanza contra su marido con toda su fuerza, él intenta mantener el equilibrio, pero Atilana, de un segundo empellón, lo lanza como un fardo contra la pared. Está recogiendo al niño cuando Genaro se levanta y le agarra de nuevo para arrebatárselo, la mira con los ojos llenos de rabia, ella tira del niño con todas sus fuerzas hacia sí. Como si fuera un muñeco de trapo, Baldo baila de un lado a otro. Con el grito de Bela llamando a su hermano, ambos pararon de tironear del niño. Las miradas de Atilana y de Genaro se cruzan durante unos instantes en los que ella —que Dios le perdone—, le ofrece en silencio a su hija a cambio de salvarse a sí misma. Genaro comprende el sentido de la expresión de su mujer, suelta al niño y se gira hacia Bela. Atilana abraza a su hijo, lo coge en brazos y se dirige hacia el pasillo. Baldo llama a su hermana, sin quitarle la vista de encima, golpea a su madre para que le suelte, con los puños, con las piernas, pero Atilana no afloja su abrazo. Bela se sujeta a la mirada de su hermano para no caer, Baldo se agarra fuerte al ojo azul de Bela, el que puede leer lo que tenemos dentro, para que sepa que nunca estará sola. Y se miran para siempre; hasta que madre e hijo salen de la alcoba y la cortina se cierra detrás de ellos. Aquella misma noche, Atilana cogió la ropa y las cosas de su marido y las volcó en una pequeña estancia ciega que había en la casa destinada al almacenaje de trastos. Las cosas del niño pasaron a su propia alcoba donde Baldo estaría siempre a salvo. Amparo contempla ahora a su madre entrando en su alcoba. Puede oír los quejidos de la pesadilla de su hermana mayor, los repite entre susurros ridiculizándola, después se da la vuelta y regresa a su cama sin que Juventina se haya dado cuenta de nada. Mientras se oyen los murmullos de su hermana comienza a acariciarse debajo de la manta." epdlp.com |