|
Koljós (fragmento) "Lo que más me interesaba de todo aquel desorden eran las cajas llenas de cartas y los álbumes de fotos, sobre todo las de los años cincuenta y sesenta, que narran nuestra infancia y la juventud de ambos. Esas fotografías de pequeño formato y bordes dentados han envejecido mejor que las de las décadas siguientes, que están descoloridas y borrosas. Es curioso cómo, en estas, padres e hijos salimos todos feos y mal vestidos, mientras que las más antiguas conservan todas un punto de elegancia, como esa, por ejemplo, en la que mi padre luce una marinera y unas alpargatas que le confieren un encanto paradójicamente moderno, ennoblecido por el blanco y negro. En los últimos tiempos había hojeado los álbumes con él, y le pedía que identificara a los figurantes que yo desconocía. En este terreno era igual de infalible que en el del rostro de los académicos del Grand Siècle o el del rubato de nuestros pianistas favoritos, y yo era plenamente consciente de que, después de su muerte, ya no habría nadie en la tierra que pudiera decirme que el hombre que salía a su lado, en esa foto tomada en Cazères-sur-Garonne en julio de 1962, era Robert Anet, el tendero que fue su compañero de infancia, o aquel otro hombre, monsieur Lécussan, el dueño de la Maison de la presse, donde mi madre me compró mis primeros libros. Fue aquel verano en que ella me enseñó a leer y yo aprendí a nadar, en la piscina municipal donde el mismo monsieur Lécussan era también monitor. Sujetándome por debajo del vientre, me hacía cruzar todo el largo de la piscina, resplandeciente bajo el sol, hasta los escalones de cerámica azul desde donde mi madre me observaba acercarme. Veía lo orgullosa que estaba de su pequeño, y también yo estaba orgulloso, increíblemente orgulloso y feliz. Ese momento de felicidad y plenitud sin par lo describí cuarenta y cinco años más tarde en las últimas páginas del libro al que Emmanuel Macron hizo alusión en los Inválidos. Ese libro se titula Una novela rusa y es verdad que hizo sufrir a mi madre. Después de que se publicara, estuvimos un par de años sin vernos. El asunto era delicado, yo no me corté ni un pelo. Oscar Wilde escribió esta frase, tan bonita, tan justa: «Los hijos empiezan queriendo a sus padres; cuando se hacen mayores, los juzgan; y a veces los perdonan». Ocurre lo mismo a la inversa: los padres también salen airosos si, antes de morir, tienen la oportunidad de perdonar a sus hijos." epdlp.com |