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La ira (fragmento) "Me tiemblan los labios, se me hinchan las venas, se me desfigura la cara; se me vuelve la mirada cortante como un cuchillo y levanto la voz y se me enronquece o me pongo a gritar. No sé de dónde, surge de mí una potencia inesperada que quiere hacer pagar algo a alguien. Estalla contra padres e hijos, contra conocidos y desconocidos; contra objetos, incluso. Parece una reacción puramente física, pero en el fondo hay una idea, un juicio, la sensación de haber sufrido una ofensa o haber presenciado una injusticia; quizás todo lo ha desencadenado un pensamiento. Puede prolongarse, convertirse en rencor sordo, reconcomerme por dentro o bien desvanecerse enseguida y dejar solo un recuerdo: he hecho el ridículo, o he cometido un error, o he cumplido mi deber. Si no sois ángeles ni robots, a vosotros también os ha pasado. La ira es la pasión más vehemente: es como un alzamiento de todas nuestras potencialidades físicas y morales. Se forma en ese punto donde cuesta distinguir entre biología, convicciones y cultura transmitida; no se sabe si se alza un individuo único o bien toda la herencia de sus antepasados, si soy yo o bien es una cosa que viene de fuera o de muy arriba o de muy atrás. La ira tiene una historia honda y, aparentemente, un futuro esplendoroso. La tradición cristiana la ha considerado un pecado capital, pero la Biblia se la atribuye a la mismísima divinidad; los filósofos antiguos reflexionaron largamente sobre ello y la literatura griega se centra en este asunto en su primera narración. En cada uno de estos momentos hay pedazos de nuestro yo enfurecido. El pasado ha hecho a la ira tal y como es hoy, un fenómeno de muchas capas. Por lo tanto, si queremos comprender algo, tenemos que echar la mirada atrás. Y no solo para satisfacer una curiosidad de anticuario: explorando la historia podemos encontrar huecos en la jaula de los tópicos inconscientes donde vivimos, o simplemente maneras distintas de vivir. Por eso, mirar atrás también es mirar adelante. Comencemos." epdlp.com |