El jardín de Reinhardt (fragmento)Mark Haber
El jardín de Reinhardt (fragmento)

"La gente es débil y traicionera, lamentó, un hato vomitivo, abominable; luego, ebrio de su propio vituperio, pasó revista a los semblantes de aquella tropa: mestizos, guaraníes y más de uno y más de dos de origen indeterminado. Y yo debo contarme también entre ellos, concluyó, y se señaló con un deje de tristeza. Abominaba tanto de la sociedad como del individuo y se esforzaba por dejar clara su postura; aun así, Jacov había dedicado su vida entera a la melancolía, con denodado empeño por ayudar a una especie que detestaba. Y lo hacía, en gran medida, a cuenta de las recónditas profundidades de su alma, insistía en que su afán de mejorar al prójimo no era más que un reflejo de su propio carácter, parecido, según él, a una «fuente de benevolencia».
En Stuttgart, donde empecé a servirlo de manera oficial como su hombre de confianza, solía despotricar contra el progreso humano, esa hija perversa. La humanidad y sus engaños, maldecía, la gente y su idea del conocimiento. ¡Qué bien que Yásnaia Poliana me haya curado a mí de todo eso! En verdad que lo hizo. Después del gatuperio y la vergüenza que hubo de pasar en Rusia con Tolstói y sus seguidores, estaba claro que Jacov tendría que emprender camino en solitario. ¿Qué otra cosa podía hacer más que cambiar de continente, decidió, cambiar Europa por las Américas? Vámonos a ver la jungla, anunció a los cuatro vientos, mientras esnifaba una raya de cocaína de una bandeja en precario equilibrio sobre el brazo del sofá. Europa es un cementerio, dijo, un pedazo de tierra negra, minado de callejones sin salida y pésimos finales, sin vuelta de hoja, salmodió.
[...]
Me reí para mis adentros, pues sentía que Europa era la cuna de la melancolía; o, si no la cuna, por lo menos que allí la melancolía alcanzó perfección, allí floreció la melancolía, la melancolía se extendió por doquier y, de suyo, alcanzó más vigor y enjundia. ¿Quién sino Europa podía jactarse de tener los inviernos más tristes e interminables? ¿Dónde surgían los vastos paisajes salpicados de tumbas sino en Europa, paisajes caracterizados por una desolación solo a la altura de los cielos más desolados del mundo? Y ¿por qué me angustiaba tanto cuando Jacov esnifaba su amada cocaína? ¿Por qué me afectaba a mí la droga como por ósmosis? Me echaba a temblar al ver los enormes bodegones que cubrían las paredes, el Goya descollante en la sala contigua, el único cuadro, según sus propias palabras, que acaso estaba a la altura de los trastornos de su alma. Paré la vista entonces en cuatro cuadros que me habían cautivado desde que Jacov los adquirió en un viaje a Holanda, cuadros que me tentaban
el subconsciente con sus tupidas vetas de azul lustroso y vivo rojo: una serie titulada El temblor del alma que representaba un grupo de soldados en un campo yermo, con nieve hasta las rodillas, hombres que eran símbolos y heraldos de la muerte, o puede que, de la brevedad de la vida, o quizá del abismo que se le abre a una existencia vacía de significado."



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