La mujer sin sepultura (fragmento)Assia Djebar
La mujer sin sepultura (fragmento)

"Zulija se establece en mi ciudad tras haberse casado con Udai, un notable de Cesarea cuya tribu posee huertas en las colinas de Issar, al sur de la ciudad. Poco antes de 1950, en mi antiguo barrio, donde yo solo pasaba el verano con mis padres, se la podía confundir con mis otras paisanas: cubiertas con velo de seda (seda tornasolada o, para las ancianas, seda mezclada con lana fina para suavizar los pliegues) con punta de organza tensada y semitransparente sobre el puente nasal que, al tapar la parte baja de la cara, resaltaba los maquillados ojos, agrandados con khol4, así como la frente, en ocasiones coronada con una alhaja de oro o de perlas. ¿Zulija estaba a punto de convertirse en una dama?
Su marido es muy respetado, tanto por la prosperidad de sus negocios como por su afán de ayudar a la madrasa, escuela libre para los hijos de la élite nacionalista. El Hach, musulmán muy devoto, es tolerante: su esposa no reza. Al parecer, esta vez ella aceptó velarse de buen grado, pero no por conservadurismo, desde luego. Ya ha pasado de los treinta: tras haber perdido a los gemelos, dio a luz una segunda hija y luego un hijo, cuyo nacimiento la dejó debilitada durante largos meses.
[...]
Me precipité a casa de Muina. Un todoterreno, recuerdo, dobló la esquina de la calle. No sentí siquiera miedo. Levanté la aldaba de la puerta: dos golpes tajantes. Muina me abrió sonriendo. Recuerdo que sus manos estaban trenzando un lado de ese cabello tan negro, una trenza muy larga detrás de la oreja. Invoqué al Profeta, a sus mujeres y a sus hijas solo para mis adentros con tal de no asustarla enseguida. «¿No sabes nada de los tuyos?», le pregunté. «Nada —respondió—. Mis hermanos han venido hace un momento con el pan que habían comprado». Y, ¡era cierto! Al atardecer habían comprado pan con semillas de anís para la cena. Luego, habían pasado por casa de la hermana, a la que adoraban, antes de volver… Cuando Muina se recuperó, quiso ir enseguida a casa de sus padres. Pálida, con gestos de autómata, sin lágrimas ni gritos, la pobre se debatía sin prestar atención a los desgarradores sollozos de su hijo… Tomó un largo velo banco y empezó a ponérselo en la cabeza, sobre su larga melena. En esto, su marido salió de una habitación con solo un jersey tapándole los hombros desnudos. Fui testigo de que le dijo: «No te acompañaré». La suegra salió a su vez del mismo cuarto del fondo."



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