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La ciudad pequeña, la gran ciudad (fragmento) "El padre de los Martin es un hombre de múltiples ocupaciones: dirige su imprenta, maneja una linotipia y una prensa, lleva la contabilidad. Aparte de eso, se dedica a apostar a los caballos, cosa que hace con ayuda de un corredor de apuestas de un callejón del centro, Rooney Street. Al mediodía charla a gritos con aseguradores, periodistas, vendedores y propietarios de estancos en un pequeño bar de Daley Square. De camino a casa para cenar, se detiene en el restaurante chino para ver a su viejo amigo Wong Lee. Después de cenar se sienta en su estudio con la radio a todo volumen para escuchar sus programas favoritos y al anochecer, acude a la bolera y al billar que gestiona para ganar algo de dinero extra. Allí se sienta en la pequeña oficina a hablar con una congregación de viejos amigos mientras resuenan las bolas de billar, los bolos ruedan y truenan y por todas partes hay humo y ruido de conversación. A medianoche se le ve inmerso en una gran partida de póquer o pinacle que dura hasta bien entrada la noche. Regresa a casa agotado, pero al amanecer se dirige de nuevo a su puesto de trabajo arrastrando el humo del puro tras de sí, y se le ve dando los buenos días a sus socios en la tienda o tomando un buen desayuno en la cafetería junto a las vías del tren. Los domingos es absolutamente imprescindible montarse en su Plymouth y arrastrar con él a todos los miembros de la familia que le quieran acompañar. Conduce por toda Nueva Inglaterra explorando las White Mountains, los viejos pueblos de la costa y del interior, deteniéndose en cualquier lugar donde la comida o el helado tengan buena pinta, comprando cubos de manzanas Mackintosh y botellas de sidra en los puestos de carretera, y cestas enteras de fresas y arándanos y todo el maíz que le quepa en el suelo del coche. Quiere fumarse todos los puros, jugar en todas las partidas de póquer, conocer todas las carreteras, costas y pueblos de Nueva Inglaterra, comer en todos los buenos restaurantes, hacer amistad con todos los hombres y mujeres de bien, frecuentar todos los hipódromos y apostar en todas las salas de apuestas, ganar tanto dinero como el que gasta, bromear y reír y no parar de hacer chistes... quiere hacerlo todo, y lo hace todo. La madre de los Martin es una magnífica ama de casa y, según su marido, «la mejor cocinera de la ciudad». Hornea pasteles, asa enormes cortes de ternera, cordero y cerdo, mantiene su nevera repleta de comida, barre, lava la ropa y hace todo lo propio de una madre de familia numerosa. Cuando se sienta a descansar, allí se la ve con sus cartas, barajando, observando por encima de las gafas y previendo buenos augurios, presentimientos de catástrofes, sucesos de todo tipo y calibre. Se sienta a la mesa de la cocina con su hija mayor y adivina el futuro en el fondo de su taza de té. Ve señales por todas partes, está pendiente del clima, lee los obituarios y anuncios de matrimonios y nacimientos, lleva la cuenta de todas las enfermedades y desgracias, de la salud y la buena suerte, vigila el crecimiento de los niños y el declive de los ancianos de toda la ciudad, de los presagios de otras mujeres y la llegada de las nuevas estaciones." epdlp.com |