La hoguera de las vanidades (fragmento)Tom Wolfe
La hoguera de las vanidades (fragmento)

"Pero era inútil. Ella estaría completamente segura. Además, Sherman no era un especialista en echarse faroles. Judy adivinaría la verdad.
Por otro lado, ¿qué otra cosa podía hacer? Permaneció bajo la lluvia, en medio de la oscuridad, junto al teléfono. El agua se había abierto paso hasta colocarse por debajo del cuello de su camisa. Respiraba pesadamente. Trataba de imaginar hasta qué punto podía ser grave la situación. ¿Qué haría Judy? ¿Qué le diría? ¿Estaría fuera de sí? Esta vez le había dado pie. Si quería montarle una escena, tenía una base sobre la que actuar. Sherman había actuado como un auténtico imbécil. ¿Cómo había hecho una cosa así? Se enfureció consigo mismo. Ahora ya no estaba enfadado con Judy. ¿Sería capaz de colocarle una mentira y aguantar firme, o esta vez había metido la pata hasta el fondo? ¿Estaría Judy imperdonablemente ofendida?
De repente Sherman se fijó en alguien que caminaba por la acera en dirección al lugar en donde él se encontraba, bajo la húmeda sombra de las casas y los árboles. Incluso a cincuenta metros de distancia, en plena tiniebla, supo la amenaza que esa figura suponía. Había comenzado a sentir esa tremenda preocupación que ocupa la base misma del cerebro de todos los vecinos de Park Avenue sur y de la calle Noventa y seis: la amenaza que supone para cada uno de ellos un joven negro, un chico alto, fuerte, calzado con zapatillas deportivas de color blanco. Se encontraba ahora a quince metros, diez.
Sherman le miró fijamente.
[...]
Luego se acercó al escritorio y se sentó en su silla Hepplewhite. Se dejó caer contra el respaldo. Sus ojos aterrizaron en el friso que circundaba el techo de la pequeña estancia. Era de madera de secoya, con altorrelieves que representaban figuras caminando apresuradamente por la acera de una ciudad. Judy lo había encargado a un taller de Hong Kong, y el friso había costado una tremenda cantidad de dinero... ¡mío! Se enderezó. Maldita Judy. Intentó desesperadamente encender de nuevo las brazas de indignación bienpensante. Sí, sus padres tuvieron razón. Sherman se merecía algo mejor. Judy era dos años mayor que él, y su madre le dijo que esta clase de detalles podían llegar a tener su importancia, lo cual, dicho en el tono en que ella se lo dijo, significaba que acabarían teniéndola.
Pero, ¿quiso escucharla él? No. Su padre, fingiendo referirse a Cowles Wilton, que tuvo un breve y liado matrimonio con una chica judía de oscura familia, le dijo: «¿No sería igual de fácil enamorarse de una chica rica de buena familia?» ¿Acaso Sherman le escuchó? No. Mientras que, durante los años de su matrimonio, Judy, sólo porque era hija de un catedrático de historia de una universidad del Medio Oeste -Un catedrático de historia de una universidad del Medio Oeste!-, se había comportado como si fuese una aristócrata intelectual. Y no le había importado utilizar el dinero de Sherman y de su familia para relacionarse con esa pandilla de petulantes con los que tan a gusto se sentía ella, ni empezar toda esa historia, de la decoración de interiores, ni que saliera su apellido y su apartamento en las páginas de esas revistas tan vulgares, W y Architectural Digest y todas las demás."



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