La enemiga (fragmento)Irene Nemirovsky
La enemiga (fragmento)

"Desde que la chispa de la inteligencia había prendido en sus ojos verdes, Gabri observaba a su madre con una profunda animadversión y ese extraordinario talento de los niños para detectar lo secreto y lo anormal en la vida de sus progenitores.
Hasta 1914 su padre había sido un simple empleado en un despacho de abogados. A veces los domingos iba a casa de algún compañero de trabajo, padre de familia como él, con su hija. La señora Bragance nunca los acompañaba.
Gabri veía viviendas humildes, pero limpias como una patena; niños pulcramente vestidos, alrededor de una sopera humeante que olía a gloria. El mantel estaba zurcido; las baldosas, relucientes; las sillas, bien frotadas.
En casa, Gabri, con ojos misteriosamente perspicaces, veía manchas en la alfombra, polvo en los muebles, sietes en las cortinas y tomates en sus calcetines. Mami aún no era la mujer atractiva que frecuentaba las salas de baile y el Bois. Todavía era muy joven. No conocía París. Sus recuerdos se reducían a la mercería de Melun en la que había nacido. De casada, sus días transcurrían entre el piano, la lima de uñas y un tapiz que Gabri nunca vería acabado. De la mañana a la noche, deambulaba por casa en chinelas, sin corsé, envuelta en una bata descolorida, con su hermoso rostro siempre ensombrecido y agriado por una expresión colérica y despechada. Aquella pequeña burguesa, lectora empedernida de novelas, estaba ávida de dinero, de lujo; reprochaba a su marido que no la mimara, que no la distrajera lo suficiente; lloraba durante horas como una niña malcriada. Léon Bragance suspiraba y agachaba la cabeza en silencio, pero a veces perdía la paciencia y también gritaba; echaba en cara a su mujer el desorden, sus gastos absurdos, su pereza, y sus discusiones despertaban a la pequeña Michette, que lloraba en la cuna.
Luego llegó la guerra. Bragance fue movilizado, partió al frente, y la vida de Francine cambió de la noche a la mañana. Como tantas otras mujeres, la contienda la puso a trabajar en una oficina, después en una ambulancia y, por fin, en un consulado. Nunca había conocido a hombres como los que se encontró allí. Hasta entonces había sido honesta, seguramente por atavismo, por un vestigio de la áspera virtud de sus antepasadas, pero la virtud no la protegió mucho tiempo. Muertos sus padres, era una mujer libre. Durante sus breves permisos, su marido no se daba cuenta de nada, o fingía no hacerlo, y sus hijas crecían solas.
Francine aprendió muy pronto a maquillarse y arreglarse. Se volvió más guapa, adoptó un aire lánguido y sensual, y siempre estaba contenta. En 1917, Bragance, herido y, luego, licenciado, regresó a París. No se quedó mucho tiempo. Le ofrecieron un buen empleo en Polonia y se marchó."



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