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La hermana de Soledad (fragmento) "Solían quejarse cuando Al se refería al “cuerpo”, pero él creía que los ayudaba a aceptar la terrible realidad, para así fortalecer su fe en la otra vida. Entró y cerró la puerta con llave tras de sí. Podría haberse ido a dormir en aquel mismo instante, con la certeza de que seguirían allí, listos para entrar de inmediato en cuanto abriera la puerta a la mañana siguiente. Ni se planteaba asomarse al ataúd justo después de haber cenado. Para empezar, estaba sellado, y él no tenía ni la autoridad ni la intención de abrirlo. Lo máximo que podía hacer era verificar el nombre. A menudo, aquello era cuanto esa gente necesitaba para seguir adelante con sus vidas y, en muchos casos, con las nuevas compañías que habían encontrado durante el largo intervalo para no estar solos. Al se subió el cuello de la chaqueta y cruzó otra puerta hacia la sección refrigerada. La luz fluorescente arrojaba un tono verdoso sobre los palés de contenedores y cajas amontonados en el suelo. Algunos artículos especiales –sueros médicos de emergencia y similares, importados de países como Estados Unidos o Suiza– se almacenaban en arcones congeladores y armarios verticales con termostatos. Si el edificio se quedaba sin electricidad, se suponía que un generador de reserva debía activarse de forma automática, pero Al sabía por experiencia que no era el caso. Él y su acompañante de guardia tendrían que poner en marcha el generador manualmente, porque algo andaba mal con esos medidores y diales que nadie parecía conocer o a los que no se daba importancia. Una vez, durante un apagón, descubrieron que el generador se había quedado sin combustible. Finalmente, lograron restaurar la refrigeración, tras una hora perdida de calor creciente, y volvieron a congelarlo todo sin que nadie se diera cuenta, pero un lote de medicamentos se había echado a perder y, más tarde, causó la muerte de un oficial superior de policía jubilado en algún lugar de las islas Bisayas. Al menos eso dijeron los abogados en la investigación posterior. La gente cobró el seguro y los guardas de turno, que no incluían a Al, fueron despedidos. De ahí que se sintiera doblemente responsable de cualquier incidente ocurrido en su turno. Estaba en juego su trabajo en todas esas cajas; también su vida, sus sardinas y sus cigarrillos Philip Morris." epdlp.com |