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El imperio del sol (fragmento) "Buscando amparo, Jim salió del expuesto camino rural. Avanzó a través de la caña de azúcar silvestre que cubría los baldíos del norte del aeródromo de Lunghua. Una cortina de árboles y herrumbrados tanques de combustible lo separaba de la llanura abierta del campo de aterrizaje, los hangares destruidos y la pagoda. Cápsulas de balas se extendían en hileras por el sendero angosto, como fichas puestas sobre una baranda de bronce. Jim siguió la cerca de alambre, evitando las nubes de moscas que se apeñuscaban sobre las minúsculas glorietas entre las ortigas. A ambos lados del sendero yacían los cuerpos de los japoneses caídos por las balas o las bayonetas. Jim se detuvo junto a una pequeña acequia donde había un soldado de la fuerza aérea con las manos atadas a la espalda. Centenares de moscas le devoraban el rostro, que cubrían con una máscara rumorosa. Jim continuó andando entre la caña de azúcar silvestre mientras desenvolvía el chocolate y apartaba las moscas con la revista. Entre las ortigas había docenas de japoneses muertos como si hubiesen caído del cielo, miembros de una armada juvenil derribados mientras intentaban volar a sus aeródromos del Japón. Jim pasó por encima de un sector caído de la cerca, y caminó entre los aviones abatidos que había entre los árboles. Los fuselajes habían llorado ríos de óxido con las lluvias del verano. Las moscas zumbaban a la luz de la mañana, una vasta cólera sin motivo. Dejándolas atrás, Jim empezó a cruzar la zona de hierba. Un grupo de japoneses escuchaba el fuego de fusilería del estadio desde un hangar en ruinas, pero no prestaron atención a Jim mientras caminaba por el campo. Jim miró la pista de cemento. Sorprendido, descubrió que la superficie estaba muy agrietada y manchada de aceite, con marcas de neumáticos y de ruedas rotas. Pero ahora que había comenzado la tercera guerra mundial, se construiría pronto una nueva pista. Jim llegó al borde de la franja de cemento y continuó por la hierba hacia el sur del aeródromo. El suelo ascendía hacia las colinas verdes y luego descendía hasta el valle donde antes los camiones japoneses descargaban tejas y escombro para las construcciones. A pesar de las altas ortigas y del cálido sol de septiembre, el valle parecía cubierto por el mismo polvo. Las costas del canal estaban tan blancas como el conducto de una corriente funeraria en la que se lavan los cadáveres. La cubierta rota de una bomba que no había estallado sobresalía del agua, como una gran tortuga que se hubiese dormido mientras intentaba esconder la cabeza en el fango." epdlp.com |