Un rumor de guerra (fragmento)Philip Caputo
Un rumor de guerra (fragmento)

"A los veinticuatro años, estaba más preparado para la muerte que para la vida. Mi primer contacto con el mundo, fuera de las aulas, había sido la guerra. De la universidad pasé directamente al Cuerpo de Infantería de Marina, de Shakespeare al Manual of Small-Unit Tactics (Manual de tácticas para unidades pequeñas), del campus al campamento de instrucción y, por último, a Vietnam. Aprendí el asesino oficio en Quantico, Virginia; lo practiqué en los arrozales y las selvas de los alrededores de Danang y se lo enseñé a otros en Camp Geiger, base de entrenamiento situada en Carolina del Norte.
En 1967, cuando concluyó mi enganche de tres años, ignoraba prácticamente por completo las cuestiones referentes a la vida común, el matrimonio, las hipotecas y el ejercicio de una carrera. Tenía un título, pero ninguna capacidad. Jamás había dirigido un despacho, dado una clase, construido un puente, ni hecho una soldadura, programado una computadora, apilado ladrillos, vendido algo ni manejado un torno.
Pero había adquirido cierta experiencia en el arte de matar. Sabía cómo afrontar la muerte y cómo provocarla, con todo lo contenido en la escala evolutiva de las armas, desde el cuchillo hasta el lanzacohetes de 3,5 pulgadas. Me resultaba incomprensible la más sencilla reparación del motor de un automóvil, pero era capaz de minar un campo y montar un fusil M-14 con los ojos vendados. Podía concertar la artillería, preparar una emboscada, armar una trampa explosiva, dirigir una incursión nocturna.
Había realizado mágicas hazañas de destrucción mediante el simple hecho de pronunciar unas pocas palabras por un radiotransmisor. Convocados por mi voz, los cazas de retropropulsión aparecieron en el cielo para dejar caer sus cargas letales sobre aldeas y hombres. Las bombas de gran potencia redujeron las casas a fragmentos, el napalm absorbió el aire de los pulmones y convirtió la carne humana en cenizas. Todo esto con sólo pronunciar unas pocas palabras a través de un radiotransmisor. Como magia.
Regresé de la guerra con la extraña sensación de que me había vuelto mayor que mi padre, que entonces tenía cincuenta y un años. Era como si todos los posibles aconteceres de una vida se resumieran en un año y medio. En Vietnam, un hombre veía las cimas y los abismos del comportamiento humano, violencias y horrores tan grotescos que provocaban más fascinación que repugnancia. En cierta ocasión había visto a los cerdos comerse cadáveres carbonizados por el napalm: un espectáculo memorable, los cerdos comiendo gente asada."



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