El siglo feliz (fragmento)Lajos Zilahy
El siglo feliz (fragmento)

"Las retorcidas bóvedas del viejo y tranquilo comedor del Hotel Fontenoy’s recordaban el siglo xvi, cuando el desordenado barroco francés atacó el rígido gótico en toda Europa. Ante las repetidas y humildes súplicas de monsieur Fontenoy, los oficiales accedieron finalmente a irse a acostar, alrededor de las cuatro de la madrugada, totalmente ebrios y exhaustos. Los labios de un capitán ruso de gruesa nariz brillaban con escarcha, con diminutas esquirlas de vidrio, y sus encías sangraban ligeramente, alcanzando los blancos dientes, por detrás de una tranquila y burlona sonrisa de satisfacción. Había ganado su apuesta de que mascaría y se tragaría una copa entera de champaña. Un coronel prusiano con bigotes de horquilla originario de Hannover, que lucía brillantes petrales plateados, unas botas grandes y fuertes y un yelmo claveteado, adornado con una blanca cola de caballo, fue conducido a su cuarto, como un niño dormido, en los robustos brazos de un alto cosaco. Tenían una hora larga para dormir. A la mañana siguiente les esperaba otro día de actividad y duro esfuerzo.
La oscuridad alcanzaba todo rincón del Hotel Fontenoy’s, el silencio era profundo, excepto por unos marciales ronquidos detrás de las cerradas puertas. Alrededor de las cinco, los pasillos estaban de nuevo llenos de vida. En el segundo piso, una pequeña habitación se hallaba ya iluminada por una torcida vela de sebo.
Flotaban en la atmósfera de la habitación una rica variedad de olores. Agua de colonia, la cama todavía caliente, desordenada, con ropas de un sospechoso color gris, humo de rancio tabaco, residuos de la cena de la noche anterior sobre una grasienta mesa, cáscaras rotas de nueces y avellanas, la corteza de un queso de Roblechon casi líquido y el penetrante olor de orines de ratón. Pero el olor predominante en el lugar era la delicada y fuerte fragancia de la flamante silla de montar, de cuero, colocada en el suelo.
Un joven oficial de húsares estaba sentado frente al espejo, entregando su soñolienta cabeza a su barbero particular, quien no era otro que su asistente. Pero el viejo húsar de gruesos bigotes sabía bien su oficio, conocía todas las delicadas mañas, tanto de rapar las crines y las colas de los caballos como el perfumado cabello de su amo.
El peinado del joven oficial, en contraste con su figura varonil y la compulsiva expresión marcial de un capitán de caballería, era algo afeminado, por el estilo del período de María Teresa. Los encrespadores daban a los suaves y lustrosos rizos castaños de sus sienes el frívolo aspecto de una cola de pato silvestre. Su cuello parecía demasiado grueso y fuerte para sostener la pequeña cabeza, como un soporte escultórico en la hechura de atlante que sostenía el balcón de su palacio en Viena."



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