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Los niños se aburren los domingos (fragmento) "La prima Isobel cambió de posición y, mientras lo hacía, volvió a apartar la mano de la boca. En tono concluyente estaba diciendo: —Nunca aprendió a leer en Braille porque, por lo que tengo entendido, sufre graves deficiencias de sustancia gris. Quería preguntarle a aquel trabajador social tan informado de dónde ha salido la radio, puesto que no ha venido a verla ni un alma en los dieciocho meses que llevamos compartiendo este cuchitril. Simplemente apareció un día del otoño pasado. En cierto modo fue una bendición, porque hasta entonces la única ocupación que tenía era pasarse el día sentada haciendo ruidos extraños. Con las muelas era capaz de producir un sonido similar al de un avispón. —Sí —dijo la prima Augusta al tiempo que suspiraba—. Da lástima. —Sí, lástima —repitió la prima Isobel—. Reconozco que da lástima, pero también hay que reconocer que es injusto que me hayan encerrado con una cretina incontinente y su radio, y que tenga que escuchar esa condenada basura durante todo el santo día, maldita sea. A continuación miró al frente y soltó un sermón sobre la comida que, en su opinión, era sin lugar a dudas la peor de toda la cristiandad. La prima Isobel estaba convencida de que una cocinera de Alemania del Este estaba a cargo de la cocina. —Will Hamilton me ha llevado a la ruina —continuó diciendo aquella voz beligerante—. A este edificio se lo conoce con el nombre de «casa de la muerte», pero yo ya le he dejado bien claro a Will que he renunciado a todo menos a mi alma y que todavía no estoy dispuesta a renunciar a ella, ¡maldita sea! La prima Isobel se quedó callada tramando una nueva maldad y, mientras jugueteaba con el fino anillo de plata que llevaba en el dedo, contempló a través de la ventana, con una sonrisa de desdén, a los consentidos ancianos, a quienes se les había unido una mujer gorda y coja que señalaba los gorriones con el bastón y se reía a carcajadas." epdlp.com |