La jaula (fragmento)Alberts Bels
La jaula (fragmento)

"El universo de la profesión de Strūga estaba rigurosamente codificado y reglamentado. Su objetivo era hacer cumplir la ley. Y para alcanzar este objetivo se requería un gran número de personas. Los motivos de la existencia de su profesión se hallaban ocultos en los orígenes de la sociedad humana y resultaba imposible erradicarlos en poco tiempo.
¿Era posible que esos motivos fueran inmutables, tan inmutables como la mismísima naturaleza humana? ¿O quizá podían evitarse, tal y como habían profesado los primeros teóricos socialistas? Eran, sin duda, motivos de una naturaleza compleja. ¿Tenían sus raíces en la genética? ¿Tal vez en los sótanos de los bloques de pisos? ¿O quizá entre las paredes de las casas unifamiliares? Esto era lo que Strūga había decidido investigar, al menos en la medida que le fuera posible.
La profesión de Strūga confería a su vida un valor bastante evidente, expuesto como estaba siempre a no pocos riesgos y temibles vicisitudes.
A las seis y cinco, ya en la cocina, Strūga se bebió media botella de agua mineral Slāvjanovskaja. Vestido con un chándal, salió de casa.
Una fina película de rocío cubría la acera. A dos calles de distancia, oyó el retumbar de un tranvía. En el cielo, entre nubes plomizas, resplandecían amplias pinceladas de un azul brillante. El aire era húmedo y frío. Sentía la calidez del chándal contra el cuerpo. Sus pies iban cómodos en las zapatillas de deporte. El parque quedaba a unos doscientos metros.
Strūga echó a correr.
En cuanto la maldita gota comenzó a fastidiarle la vida, Strūga resolvió salir a correr cada mañana. Zigzagueando, subiendo y bajando por las ondulaciones del parque como si se tratara de una pista de eslalon, fintaba con brusquedad cada tocón, piedra o árbol, con el cuerpo entero inclinado hacia adelante.
A las siete y cinco, Strūga salió del parque. Sacó dieciocho kopeks del bolsillo y los depositó en el mostrador del quiosco.
El vendedor le pasó el periódico, ya doblado. Olía a imprenta y a noticias frescas. Solo intercambiaron el saludo de rigor, sin hablar más ni preguntarse nada. Así lo habían establecido hacía un par de años, cuando Strūga empezó a comprar el periódico cada mañana, tras descubrir que así podía leerlo unas horas antes que si esperaba a la llegada del correo."



El Poder de la Palabra
epdlp.com