Fuera del arnés (fragmento)Suwarsih Djojopuspito
Fuera del arnés (fragmento)

"El tiempo no se detenía. Los árboles habían cambiado de follaje y, con la llegada de las primeras lluvias, por todas partes se hacía sentir el despertar de una nueva vida en las ramas. La hierba estaba fresca, delicadamente suave y, en las tardes calurosas, se volvía difusa bajo el ardor del sol que abrasaba la tierra. Allí los rayos del sol resbalaban entre las briznas de hierba y se hundían en la tierra jugosa, donde la vida, en silencio, hacía brotar nuevos retoños del seno de la tierra, que ocultaba en su interior toda germinación.
La conmoción de las detenciones, de la redada que hacía estragos en el país, había ido decayendo hasta convertirse en conversaciones apáticas sobre lo que habría de suceder. Estaba el trabajo cotidiano, que reclamaba toda la atención; solo en las horas vacías volvía a doler la melancolía por el entusiasmo violentamente reprimido, por los camaradas que veían amanecer cada día en su prisión como si fuera el anuncio de un viaje lejano. Las habitaciones de la sede del club estaban desiertas; en voz baja, la gente expresaba su dolor y su resistencia a la opresión del poder, pero nadie se atrevía a alzar la voz. Un silencio había descendido, sobre todo, y el miedo hacía que los más tímidos regresaran a la seguridad de la vida de oficina. Antes se burlaban de los prudentes que se habían quedado al margen; ahora se oía una voz arrepentida y se envidiaba a quienes no habían querido hacer sacrificio alguno. Así transcurrían los días, llenos de ausencia y vacío, y era como si se viviera suspendido en una atmósfera extraña.
Durante aquellos días, el embarazo de Soelastri se hacía cada vez más evidente; los movimientos que sentía eran más fuertes y, un día, dejó de ir a la escuela. Se quedó en cama, esperando a la comadrona, que había de venir a examinarla. Cuando llegó, la partera constató que el bebé nacería dentro de unas tres semanas. Soelastri, que confiaba plenamente en su palabra, no se preocupó por los medicamentos ni por otros preparativos, sino que se consoló pensando que las contracciones volverían a desaparecer. Sin embargo, aquella noche los dolores regresaron con mayor intensidad. Soedarmo, que estaba tumbado a su lado leyendo un libro, se burló de ella, pero se asustó al ver el rostro contraído de su mujer. Al principio temió que se hubiera envenenado cuando la vio vomitar; ni siquiera pensó en un parto. La obligó a beber dos latas de leche esterilizada, convencido de que la leche tenía un efecto neutralizante contra los venenos. Entretanto, habían llamado al médico, quien se atuvo por completo al diagnóstico de la matrona."



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