Los asiáticos (fragmento)Frederic Prokosch
Los asiáticos (fragmento)

""La memoria: una cosa milagrosa y omnipotente, si uno se detiene a pensar en ella. Un faro en la mente, que se alza sobre las playas de arena llana y las rocas salpicadas del océano, mirando hacia quién sabe qué profundidades invisibles e inimaginables; una cosa hecha por el hombre, creadora de esperanza y de miedo, un fragmento reconocible de algo en medio de todas las cosas incontrolables que te rodean.
Fue aquí donde aprendí cómo la memoria puede mantener latiendo un corazón enfermo; y cuán fiel es, cuán sedosamente cruel, cuán traicionera en su compasión. No es hermosa, exactamente, salvo cuando se esfuerza por penetrar esa inmensa niebla; y entonces, siendo siempre una cosa profundamente humana y conmovedora, es tan hermosa como cualquier cosa puede llegar a serlo para nosotros.
[...]
Lo que resulta realmente conmovedor, pensé mientras veía a Hamadullah desaparecer en su rickshaw, es observar cómo la vida afecta a los seres humanos; cómo, por naturaleza, el hombre se esfuerza por alcanzar algo que no acaba de comprender, cómo reinterpreta cada intensidad por la que atraviesa en términos de lo eterno; en suma, su deseo incesante de lo bello. Pero lo aterrador es observar cómo la vida puede ir matando poco a poco la frescura de ese deseo en todos nosotros, tanto en los débiles y estúpidos como en los sutiles y experimentados; cómo lo bello se retuerce y se degrada, cómo el deseo de lo bello se convierte en una espantosa parodia, en una especie de ritual obsceno, y acaba por mancillar precisamente aquello que hay en nosotros más próximo a lo eterno. «Confórmate con muy poco, no desees nada»: eso es lo que había dicho el príncipe Sawankalok; desear la belleza trae más tristeza que alegría.
[...]
A la mañana siguiente deambulé por la enorme ciudad. Tediosa, moderna, polvorienta, llena de automóviles y tranvías, de pequeños y mugrientos comercios chinos y de pequeños y mugrientos chinos que avanzaban con el clop-clop de sus zuecos sobre los adoquines.
Había algunos europeos ricos caminando por las calles más conocidas. Se reían todo el tiempo. Caminaban balanceándose. Las mujeres chillaban con voz ronca y los hombres reían con voces agudas y aflautadas. Eran relativamente ricos y estaban muy malcriados. Todos parecían llevar varios años bebiendo sin parar. Fingían ser felices, pero en realidad parecían claramente desdichados. Parecían asustados. Parecían haber dejado de entender absolutamente nada. Se manoseaban continuamente unos a otros, pero aquello no era más que una farsa, un juego. Parecían estar simplemente esperando la muerte. Recordé a los nativos de los campos, de los bosques y de las aldeas: muertos, pero esperando la vida."



El Poder de la Palabra
epdlp.com